Historia Escrita Por Magdalena220

La Vida Perfecta

Capítulo 1

Antonia era una chica muy feliz. No podía haber deseado una vida mejor que la que poseía. A sus jóvenes catorce años, ya se sentía completamente realizada. Y al parecer, no había razones para no estarlo. Para empezar, era una de las chicas más populares del colegio, por lo que estaba rodeada de amigos y admiradores. De entre ellos destacaban sus dos mejores amigas, llamadas Luisa y Carolina. Además, tenía al chico más guapo de todo el colegio como novio, Tomás.
Ella era una chica de rasgos finos y labios rosados. Sus ojos eran celestes, y su pelo rubio le llegaba hasta la cintura. Era muy delgada, y tenía el cuerpo curvilíneo que las jóvenes normalmente desean poseer. Vivía muy cerca del colegio en una acogedora casa junto a sus padres, por lo que todas las mañanas se marchaba caminando hacia él.

Aquella mañana, como todas, Antonia salió de su casa hacia el colegio. Se sentía muy alegre, pues sabía que Tomás estaría esperándola junto a la entrada del colegio. Ágilmente corrió a través de las calles, sintiendo el viento contra su rostro, y sus cabellos elevados a su lado. Pronto la estructura del colegio se alzó frente a ella. Allí estaba Tomás, esperándola tal como lo había supuesto. Él era un chico alto y delgado de pelo y ojos negros. Sus ojos expresaban siempre una gran calma y una profundidad que inspiraban confianza. Se encontraba apoyado contra la pared del colegio, junto a la entrada. Al ver a Antonia, una enorme sonrisa iluminó su rostro. Ella corrió a sus brazos y juntó sus labios con los suyos.
- Hola mi amor, ¿Cómo estás? – dijo Antonia con una gran sonrisa.
- Yo estoy bien linda – dijo Tomás con ternura.
Mientras conversaban entraron al colegio. Tomás acompañó a Antonia hasta la puerta de su sala, y allí la dejó luego de dirigirle una última sonrisa. Antonia se la devolvió, y luego entró. Al momento, dos sonrientes chicas se acercaron a ella. Una de ellas era muy alta, y poseía un corto pelo color castaño. Sus ojos tenían el mismo color, y su rostro era de tez oscura. La otra era una joven más baja y de cuerpo más relleno, de piel blanca oculta bajo una gruesa capa de maquillaje, y pelo largo y rubio. Sus ojos eran de color verde musgo. Ellas eran Luisa y Carolina respectivamente. Ambas la saludaron con alegría.
- Hola chicas. – contestó Antonia mientras les dedicaba una hermosa sonrisa.
- Tenemos que contarte algo... - empezó a decir Carolina, pero el sonido del timbre la interrumpió.
- Díganmelo rápido, que ya viene el profesor. – contestó Antonia.
- Mejor te lo mostramos después… - dijo Luisa sonriendo.
Las dos chicas se dieron vuelta y fueron a sus respectivos asientos, dejando a Antonia con curiosidad. La puerta se abrió tras ella y entró el profesor, por lo que ella también se dirigió hacia su puesto.
El profesor, cuyo nombre era Luis, impuso su presencia en el salón rápidamente. Todos sabían lo estricto que era, y no se arriesgaron a hacerlo enojar. Él pasó su severa mirada por la sala, y finalmente satisfecho inició su clase. Empezó a hablar sobre el tema que les tocaba aprender ese día: la gran guerra de 1860. Antonia cruzó los brazos sobre su banco, y aburrida apoyó su cabeza sobre ellos. Para ella, historia era la peor clase de la semana. La encontraba inservible, una pérdida de tiempo. "¿A quién le va a importar una guerra que ocurrió hace ciento cuarenta años? Ya no queda nada de esa guerra, ¿Para qué debemos enterarnos de quién la inició o quién la acabó?" Prefería cerrar los ojos y entregarse de lleno al dulce sopor de los sueños.
Pasó la mayor parte de la clase descansando, y sin embargo fue la primera en levantarse al oír el salvador sonido del timbre.
- Bueno clase, ya pueden salir. – dijo el profesor. – no se olviden de repasar la materia en la tarde.
Los estudiantes salieron rápidamente, entre ellos Antonia, quien esperó junto a la puerta a sus dos amigas.
- Y bueno chicas. - dijo apenas las vio salir. - ¿qué era eso que querían contarme?
Ambas intercambiaron miradas, y sin decir nada la agarraron de los brazos y la llevaron hacia el panel de mensajes. Allí, en grande, un colorido anuncio decía lo siguiente:
¡Competencia de Talentos! El miércoles siete de este mes habrá un concurso, en el que cada persona o grupo competirá por conseguir el mayor puntaje dado por los jueces. El/los ganador/es, aparecerá/n en la portada del anuario, y ganará/n un premio sorpresa. El concurso se realizará en el Auditórium frente a todo el colegio."
- ¡Antonia, tenemos que concursar! - dijo Carolina emocionada.
- Contigo, podríamos ganar el premio, ¡Y salir en la portada del anuario! - exclamó Luisa.
- Y claro… bailar frente a todo el colegio. – Añadió Carolina.
- Entonces concursemos. - dijo Antonia con determinación. - Juntémonos hoy luego de clases en mi casa, y empezamos a crear un baile. El concurso será pronto, así que debemos apurarnos.
Carolina asintió, pero Luisa bajó la mirada, sin responder.
- Antonia... - empezo a decir tímidamente. - Yo no puedo juntarme hoy, le prometí a mi abuela que la ayudaría con algunas cosas...

La sonrisa rápidamente desapareció del rostro de Antonia.
- ¿Qué quieres decir? – Respondió con brusquedad. - Si no practicamos, no podremos ganar. Tenemos que juntarnos hoy, cancela los planes.
- Es que, no puedo...
- Entonces no puedo aceptar que seas con nosotras. – terminó Antonia tajante, y dando media vuelta se alejó caminando con rapidez.
Carolina le lanzó una mirada de tristeza a Luisa, antes de darse vuelta y seguir a Antonia. Si permanecía junto a Luisa, Antonia se enojaría con ella también.
¿Qué puedo hacer?" pensó Luisa desesperada. Hacer enojar a alguien como Antonia no era nada bueno, pero no podía dejar a su abuela abandonada…
- ¡Espera! - gritó, mientras corría para alcanzar a Antonia.
Ella se dio la vuelta, y observó con impaciencia.
- Está bien, cambiaré los planes. Así podré juntarme hoy. – dijo Luisa con resignación.
- Perfecto, entonces nos juntamos hoy en mi casa.
La sonrisa había retornado al rostro de Antonia, como si nada hubiera ocurrido. Luisa, en cambio, llevaba la tristeza en la mirada.
- Después trabajaremos en la música que ocuparemos. – Continuó Antonia - Ahora voy a buscar a Tomás. - apenas terminó de hablar desapareció por el pasillo.

Luisa permaneció con la mirada baja. Ahora que Antonia ya no estaba, Carolina pudo finalmente acercarse a consolarla.
- No tienes que ir, si estás ocupada. - le dijo.
- No puedo faltar, Antonia se enojaría... y ya no sería su amiga. Y para ser alguien en este colegio, hay que ser popular, como ella. - Dijo Luisa desconsolada.
Carolina suspiró. Lamentablemente, eso era verdad.
- No te pongas así. Ya veras que se arreglará todo. - La consoló Carolina. - Sí... muchas gracias Carolina. - dijo Luisa, levantando finalmente la mirada. Carolina le sonrió, y ambas volvieron a la sala.

Mientras tanto, Antonia caminaba por los pasillos con gran alegría. Antes de llegar a la sala de Tomás, pudo verlo caminando por los pasillos. Se acercó a él y con ternura lo saludó.
- Hola, ¿Cómo te fue en clases? - le preguntó Tomás dulcemente.
- Pues... lo mejor que me puede ir en una clase de historia. ¿Y a ti?
- Bastante bien, me entregaron un 5.3 en matemáticas.
- ¡Eso esta muy bien Tomás! Felicidades. - Dijo Antonia, dándole un beso en la boca nuevamente. Tomás le sonrió.
- Gracias.

Tomás guió a Antonia hasta una banca, y en ella se quedaron conversando hasta que el recreo llegó a su fin. Allí se separaron, y cada cual se marchó hacia su respectiva sala. Antonia alcanzó a llegar justo antes que la profesora de Biología cerrara la puerta. Otra aburrida clase pasó, sin que Antonia prestara gran atención. Solo esperaba la llegada del almuerzo, para poder disfrutar la compañía de los demás populares.
Cuando finalmente tocó el timbre, Antonia salió de la sala seguida por Carolina y Luisa. Juntas se dirigieron al comedor, una enorme sala llena de mesas y sillas. Se sentaron en una mesa en la cual ya se encontraban varios chicos; La mesa de las populares.
- Y... cuéntenme. - dijo Natasha, - ¿Alguien va a participar en ese concurso de talentos?
- Yo lo haré, y ya verás que ganaré. - le respondió Antonia.
- Ya lo veremos, por que yo también participaré, y no voy a perder. - le dijo Natasha, orgullosa.
Antonia le sonrió irónica, y desvió la mirada.
Natasha era otra chica popular, que verdaderamente le desagradaba. Sus ojos eran azules y sus largos cabellos negros. Ese día vestía una falda y una chaqueta morada.
- Yo esperaré ansioso ese concurso: ver a las chicas más hermosas del colegio danzando es algo que no me perdería por nada. – dijo José, otro de los populares.

En ese momento, vieron entrar por la puerta del comedor a una chica de piel oscura y pelo negro. Sus ojos eran negros también, al igual que su ropa. Era bastante gorda, y nadie la acompañaba. Una expresión de profunda tristeza ensombrecía su rostro, mientras daba tímidos pasos hacia el mesón para pedir su almuerzo. Su nombre era Gladys.
Antonia la miró, y dándole un codazo a Carolina la apuntó.
- Ven. – le dijo, levantándose. - vamos a divertirnos un rato.
Carolina se puso de pie y siguió a Antonia, quien ya casi se hallaba junto a Gladys. Ella ya se había servido su bandeja, e iba en dirección a una mesa vacía. Pero Antonia se interpuso en su camino.
- Hola Gladys, veo que andas comiendo mucho... ¿No te hará mal? Ya estas bastante gorda. - dijo Antonia en un tono burlón.
Gladys bajó la mirada, intimidada.
- Déjame en paz, solo q-quiero comer. - dijo en un tono apenas audible.
- Pero Gladys, si solo queremos acompañarte... ¿verdad Carolina?
Carolina rió, y asintió. Gladys levantó la mirada tratando de hacerle frente. Parecía a punto de llorar.
- No quiero c-comer contigo.
- Qué pasa... ¿Temes que te diga que eres gorda y fea? ¿O temes que los chicos te vean junto a mí y noten lo horrible que eres? Pero eso sería mejor, al menos notarían que existes.

Antonia se rió malvadamente, y Carolina la imitó. Una lágrima rodó por el rostro de Gladys, y soltando la bandeja salió corriendo por el pasillo. Los otros alumnos del colegio buscaron el origen del ruido, y al verla huir y comprender lo que había pasado empezaron a reír. Antonia siguió riéndose largo rato, y luego seguida por Carolina volvieron a la mesa.
- Eres buena, esta vez te demoraste menos de treinta segundos, ¡Todo un récord! - le dijo Natasha cuando se sentó. - Esas nerds son demasiado sensibles.
- Sí, bastante. Pero ya verás que mañana mejoraré el récord, Gladys pronto no resistirá siquiera verme por los pasillos.- le respondió Antonia con maldad.
Burlándose de Gladys se les pasó el resto del recreo. Al oír el ruido del timbre, tuvieron que separarse y dirigirse a sus respectivas salas.
A esa hora les tocaba música. La profesora anotó una canción en el pizarrón, y los alumnos tuvieron que tocarla con sus distintos instrumentos. Antonia, Carolina y Luisa tocaron flauta, y practicando y decidiendo las canciones que usarían para el concurso se les pasó toda la hora.
Finalmente oyeron el timbre de salida, y rápidamente salieron del colegio. En un auto blanco las esperaba la madre de Antonia. Ella corrió al auto, seguida por sus amigas.
- ¡Hola mamá! - dijo Antonia, asomándose a la ventana del auto. - ¡Qué sorpresa que hayas venido a buscarme!
- Pues, venía devolviéndome de hacer unos trámites, y pensé que te gustaría ahorrarte la caminata. – respondió su madre mientras le guiñaba un ojo.
- Gracias mamá. Oye, tengo algo que contarte. Va a haber un concurso de talentos en el colegio, y junto a las chicas queremos participar. ¿Te molesta si vamos a ensayar a la casa?
- Claro que no, sabes que tus amigas son recibidas cuando quieras. Adelante Luisa, Carolina.

Ambas subieron al auto, agradeciendo que se les recibiera. Antonia se sentó en el asiento delantero, y su madre empezó a conducir hacia su casa.
- Y... ¿Qué pasos podemos usar para el concurso? - preguntó Antonia al rato de haber partido.
- No sé... decide tú. - le dijo Luisa.
Antonia sonrió. Esperaba que dijeran eso.
- Tengo varios pasos que saqué de la televisión que podemos usar en el baile. Ya los verán, les van a encantar. Carolina, por favor encárgate de hacer el mix con las canciones que elegimos, ¿Ok?
- Claro. - dijo Carolina, sacando de su mochila un porta CDs lleno de discos.
- Muy bien, entonces podremos partir llegando a la casa. - dijo Antonia.
- Entonces podrán partir... ahora. - dijo su madre, deteniendo el auto.

Habían llegado a la casa. Las tres amigas se bajaron corriendo, y fueron directamente a la pieza de Antonia. Su pieza era muy espaciosa. Poseía un escritorio negro en el que descansaba un computador y una radio, junto con varios porta CDs. La cama se encontraba cerca de la puerta, cubierta por un cubrecamas celeste. Junto a ella había un velador con una lámpara de mesa celeste sobre ella, un reloj y algunas revistas de moda. También había algunos estantes llenos con otras pertenencias de Antonia. Las paredes se hallaban cubiertas por imágenes de lugares que Antonia había visitado, o de grupos que admiraba. Una ventana permitía a los rayos del Sol entrar en la pieza, dándole un aspecto cálido y reconfortante.
Carolina se instaló en el computador, mientras Luisa y Antonia bajaron a preparar lo que comerían. Al rato volvieron con galletas y tres vasos de leche, que acomodaron sobre el escritorio.
- ¿Cómo vas con la música Carolina? - pregunto Antonia acercándose a ella. - Muy bien, creo que creé una pequeña mezcla que te gustará. – contestó Carolina sonriendo.
Ella apretó un botón y la música empezó a sonar por los parlantes. Hubo un momento de silencio mientras la escuchaban.
- Esta muy buena. - dijo Antonia contenta. - ahora ven a comer, después ensayamos.
Comieron lo que habían traído, y luego Luisa bajó la bandeja. Carolina sacó el CD recién hecho con la música del baile, y lo puso en la radio. Antonia lo escuchó nuevamente, y al terminar empezó a dar instrucciones.
- Ya sé como será nuestro baile. Vengan, tenemos que ensayarlo. - ordenó Antonia.
Carolina y Luisa intercambiaron miradas. De nuevo, Antonia no les iba a permitir opinar. Pero ya no les importaba, la costumbre se encargaba de quitarles la rabia o la indignación que habían sentido las primeras veces.
Practicaron toda la tarde el baile hasta que anocheció. Allí la madre de Carolina vino a buscarla, y Luisa se fue caminando a su casa. Apenas salió, recibió una llamada a su celular.
- ¿Hola?
- ¿Qué pasó Luisita? ¿No ibas a venir a ayudarme? - dijo una voz muy afligida. Era su abuela.
- No pude... tuve que reunirme a realizar un trabajo. - le respondió Luisa.
- Pero... prometiste que vendrías, lo teníamos previsto desde la semana anterior.
- Lo sé... lo siento abuela, pero mañana iré y...
- Ya no importa, ya me encargué de todo yo sola. Adiós. - dijo la abuela dolida, y cortó antes de que Luisa pudiera responderle.

Por el rostro de Luisa cayó una lágrima. Su abuela tenía variadas enfermedades, lo que le impedía realizar hasta algunas de las más comunes actividades cotidianas, sin esforzarse demasiado. Luisa había prometido ir a ayudarla con los quehaceres de la casa, a responder su correo y ayudarla a escribir su novela, la novela que llevaba tanto tiempo escribiendo y que la artritis le había impedido terminar. Luego de todo eso, iban a instalarse en la pieza de su abuela a ver una película. Luisa sabía que ella debía haber esperado con alegría ese día, y que al no llegar la había defraudado enormemente. Seguro la había esperado toda la tarde cerca a la puerta, y al ver que no llegaba había realizado todos los quehaceres sola. Ahora seguramente estaría muy cansada y adolorida, dolor que se mantendría por unos dias. Pero lo que más lamentaría su abuela sería el abandono de su nieta. Imaginar a su pobre abuela acostada, sintiéndose defraudada y olvidada...
Luisa salió corriendo por la calle, intentando escapar de todo, incluyendo sus pensamientos. Más lágrimas rodaron por su rostro, y la desdicha llenó su corazón.
Pero Antonia no sabía nada de eso; jamás se había preocupado mucho por la vida de esas dos chicas a las que llamaba amigas. En su vida, la única persona que no fuera ella por la que se preocupaba era Tomás. Fue por eso que apenas sus amigas se marcharon, fue directamente al teléfono para llamarlo.

Luego de haber comido con sus padres y de ducharse, se metió a la cama. Se sentía cansada, por lo que quería acostarse temprano. Antes de dormir, pensó en todo lo que había pasado ese día. Era una costumbre que tenía, recordar todo lo que había vivido para tener dulces sueños. "Por que mi vida siempre es buena." Pensaba Antonia.
Al llegar al momento en sus recuerdos en el que se había dirigido a tomar un baño terminó, y antes de cerrar los ojos tuvo un último pensamiento. "Como me alegra tener la vida que tengo, soy tan feliz." Cayó en un tranquilo sueño segundos después.
Pero lo que ella no sabía, es que pronto toda su vida iba a cambiar inesperadamente, transformando su vida perfecta en una verdadera pesadilla.



Capítulo 2

A la mañana siguiente, Antonia se despertó muy contenta, sin razón aparente. Se arregló muy rápido y estuvo lista para salir al colegio en solo unos minutos. Desayunó con tranquilidad, y tras lavarse los dientes partió hacia el colegio. Iba muy tranquila, planeando nuevos pasos para el baile, cuando algo muy extraño sucedió. Por un instante, todo el lugar en el que se encontraba cambió, y la oscura imagen de una sala tenebrosa apareció frente a ella. No pudo distinguir nada más, ya que la imagen desapareció al pasar un par de segundos. Volvió a encontrarse en la conocida calle que diariamente cruzaba camino al colegio. Antonia se quedó petrificada. "¿¿Qué pudo haber sido eso??" Se preguntó extrañada. Finalmente, sin encontrar una explicación mejor decidió pensar que había sido un efecto de la luz, y siguió caminando.
Al llegar al colegio, notó con gran desilusión que Tomás no estaba esperándola. "Tal vez se atrasó..." pensó esperanzada. Permaneció junto a la entrada del colegio, hasta que llegó Carolina. Entró junto a ella ligeramente desilusionada de no haber encontrado a su amado, pero al llegar a su sala se quitó rápidamente todo rastro de desilusión del rostro. Una chica popular no debe verse deprimida.
El tiempo antes de clase se lo pasó conversando con los otros chicos, hasta que el ruido del timbre la interrumpió. Lamentablemente de nuevo les tocaba historia. El profesor Luis entró con el toque del timbre, y cerró la puerta dejando a algunos alumnos afuera.
- Si no están aquí cuando toca el timbre, están llegando tarde y no los dejaré entrar. - les dijo nuevamente a los alumnos que habían quedado fuera del salón. Dirigiendo su estricta mirada a los que se encontraban dentro de la sala, partió su clase sin importarle los pedidos y ruegos de los estudiantes que permanecían afuera.
- Saquen sus libros de historia y ábranlos en la página 86. - dijo el profesor.
Antonia apoyó su cabeza en sus manos, y con ojos vacíos observó al profesor mientras éste explicaba la forma de pensar de los líderes más importantes de la "Gran Guerra de 1860." La clase era larga y aburrida, y Antonia sintió que empezaba a quedarse dormida... cerró los ojos un momento, y al volver a abrirlos se sorprendió enormemente. Ya no se encontraba sentada en su puesto de la clase, sino que acostada en una cama, en un sitio oscuro y tenebroso parecido a la imagen que había visto en la mañana. Observó aterrada aquel lugar. Yacía en una pequeña pieza oscura, sin ningún tipo de iluminación, que tenía un extraño diseño en sus paredes. Al fondo de la sala notó la silueta de dos personas, a las que no lograba distinguir por la oscuridad que las rodeaba. Parecían estar conversando. Ambos dieron vuelta sus cabezas y clavaron sus miradas en Antonia. Al verla con los ojos abiertos se acercaron a ella, y ella muy asustada lanzó un grito.
- ¡ANTONIA! - gritó una voz severa, haciéndola abrir los ojos.
Se encontraba sentada en su puesto de nuevo, en la sala de clases. Tenía la cabeza ladeada hacia la izquierda, apoyada en sus brazos tal como había hecho el día anterior. Toda la clase la observaba, y el profesor Luis la miraba con furia.

- ¡No se puede dormir en mi clase! ¡Sal ahora, al pasillo, castigada! – gritó furioso el profesor.
Ella se levantó de su puesto y empezó a caminar, demasiado confundida para responder. La clase murmuraba y la miraba extrañada. Al salir al pasillo, finalmente pudo reaccionar y ponerse a pensar. Se sentó en el suelo, su espalda apoyada contra la pared. Que la encontraran durmiendo en clase le iba a hacer mal a su imagen, tendría que esforzarse para que dejaran pasar ese incidente... "Pero cuando gane el concurso de talentos, se olvidarán de todo." Se aseguró, olvidándose completamente de que iba a presentarse acompañada por sus dos amigas. Sintiéndose más tranquila sobre ese tema, se puso a pensar en ese extraño lugar que había visto, ya dos veces ese día, y que le había parecido tan real... Un escalofrío cruzó por su espalda. "No, no puede ser... Antonia, te estas asustando por nada, lo de la mañana fue un efecto de la luz, y como la idea seguía rondando por tu cabeza soñaste con eso, no es nada más. Además, ¿Qué podría pasar? Estás exagerando las cosas, relájate." Se dijo a sí misma, bastante nerviosa. Pero el sueño le había parecido tan real… Optó por olvidar ese asunto, y se sentó en un banco a esperar a que la clase terminara, ya que no creía que el profesor le permitiera entrar de nuevo a clases.
Tal como pensaba, no pudo entrar a la sala hasta finalizar las clases. El profesor pasó junto a ella lanzándole una mirada fría, mientras con un tono indiferente le autorizaba la entrada a la sala. Él se marchó por el pasillo, y Antonia entró a la sala rápidamente. Al hacerlo, notó que las miradas de todos se posaban en ella, y se sintió muy incómoda. En eso se acercaron Carolina y Luisa, y agarrándola de los brazos la llevaron a una esquina. Antonia soltó un suspiro, feliz de haber dejado de ser tan observada.
- ¿¿Qué te pasó?? - le preguntó nerviosa Luisa.
- No fue nada, me quedé dormida, eso es todo. - dijo Antonia, molesta por la reacción de su amiga.
Carolina y Luisa intercambiaron miradas.
- No se refiere a eso, sino al grito... ¿Por qué gritaste? - le dijo Carolina.
- ¿¿Grité?? - exclamó Antonia asustada.
Si había gritado dormida, eso sí sería difícil de borrarlo de las mentes de los estudiantes.
- ¡Sí! Diste un gran grito, por eso el profesor te miraba con esa cara.
- ¡No puede ser! Ahora ya no seré popular, ¡Pasaré a ser de los raros! Nadie más grita dormida, ¡esto es horrible!
- No, no pienses así. Con lo popular que eres, ese incidente no te ocasionara ningún daño. - le afirmó Carolina.
- Espero que sea así... ¡Pero ahora tenemos que ganar el premio sí o sí! Hoy en mi casa de nuevo, ¡Hasta la noche ensayando! - dijo Antonia muy decidida.
- Pero... - empezó a decir Luisa con timidez, pero Antonia la interrumpió.
- Si me vuelves a decir que hoy no puedes juntarte por algo tan tonto como tener que ir a ver a tu abuela... - empezó amenazadora.
- ¡Pero es que hoy realmente no puedo! - dijo Luisa, apunto de ponerse a llorar.
Carolina no lo soportó, e hizo por primera vez algo que siempre había querido hacer: se enfrentó a Antonia. Pero no con la convicción que hubiera deseado. Habló bastante nerviosa, pero después de todo, enfrentarse a la chica más popular del colegio y arriesgarse a ser detestada por ella pondría nerviosa a cualquiera.
- D-Déjala i-ir, yo la cubr-ro. Sssi va a faltar, debe s-ser por u...na b-buena razón.
Antonia le lanzó una mirada cargada de odio. Carolina se puso aún más nerviosa, y bajó la mirada. Luisa la miraba sorprendida, aunque intentando ocultarlo. ¿Realmente Carolina la había defendido?
Antonia cerró los ojos con expresión de mártir, y lanzando un suspiro dio su respuesta.
- Está bien, puedes faltar al ensayo. - dijo a regañadientes. - Pero después yo no voy a enseñarte el baile, y si no te lo sabes tan bien como Carolina lo lamentarás.
Tras decir esas palabras se dio vuelta y se alejó.
Luisa lanzó a Carolina una sincera mirada de agradecimiento, y abrió la boca para expresarlo en palabras. Pero Carolina apoyó su mano en su boca.
- No tienes que decir nada, comprendo. - le dijo sonriendo.
Retiró su mano. Luisa sonrió agradecida y le dio un abrazo.
- En serio, no es nada... ya era hora de que la enfrentáramos. – añadió Carolina.
- Sí, tienes razón. Pero a pesar de todo, estuviste sorprendente.
En ese momento, la profesora de Arte llegó. Ambas se lanzaron una última mirada cargada de cariño antes de separarse. Antonia entró corriendo a la sala justo en ese momento.
- Niños, a sentarse. – ordenó la profesora.

Los alumnos fueron a sus puestos, y se prepararon para las clases.
- Hoy seguiremos hablando del triangulismo, ¿Quién se acuerda de lo que dijimos la última clase?
Antonia se sentó, preocupándose de quedar muy derecha sobre su silla. Esta vez no iba a quedarse dormida en clases. Se mantuvo muy concentrada, poniendo atención a todo lo que decía la profesora, quien siguió hablando por otros quince minutos sin detenerse.
- Bueno chicos, - dijo, al terminar su relato. - ahora júntense en parejas y...

Antonia miraba fijamente a la profesora, pero sin siquiera haber parpadeado, hubo otro cambio de imagen. Se encontró nuevamente acostada en aquella cama, de lado, mirando la decoración de la pared más cercana. Se percató de golpe que lo que creía que eran extraños diseños, realmente eran paredes acolchadas… del mismo tipo que poseen las piezas de los manicomnios. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Y si aparecían aquellas extrañas personas de nuevo? No se atrevía a moverse del miedo que sentía. Al no escuchar ningún sonido, se relajó un poco. Al menos se encontraba sola. Se dio vuelta y empezó a examinar la pieza en la que se encontraba. Junto a la cama encontró un velador negro que se hallaba vacío. El mueble lucía terrorífico y deforme. Notó que la cama en la que la tenían recostada estaba dura y deformada en el centro, como si tuviera mucho uso. En el sitio donde ella se encontraba acostada el colchón estaba hundido. Lentamente Antonia se levantó y se sentó en la cama. Al hacerlo se sintió muy mareada y débil, pero luchó por mantenerse erguida. Solo entonces se percató de que en la otra punta de la pieza, en la oscuridad, una silueta oscura la observaba en silencio. Antonia se quedó paralizada al notar al dueño de aquella silueta levantarse de su silla y empezar a caminar hacia ella. Mientras lo hacía, sacaba una enorme inyección de su bolsillo, llena de un extraño líquido. Seguía acercándose, con claras intenciones de querer insertársela en el cuerpo. "¡No, no puede ser!" Pensó Antonia aterrorizada. "En este sitio me quieren matar, o torturar... ¡Debo huir!" empezó a levantarse de la cama con cierto esfuerzo. Se sentía débil y pesada, y el mareo aumentaba a cada segundo. A pesar de todo siguió intentando huir, pero apenas dio el primer paso sus pies no resistieron su peso y perdió el equilibrio. Mientras caía, vio con terror cómo la silueta se acercaba con la enorme inyección en alto...
- ¡Antonia! - dijo una voz, que parecía provenir desde muy lejos.
Entonces la imagen se esfumó, y volvió a ver la sala de clases tan repentinamente como había dejado de verla. Se encontraba parada en medio de la sala, y todos la miraban.
- Antonia, ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? - le preguntó la profesora, al verla reaccionar.
- No... digo sí. - mintió Antonia.
Ir a la enfermería era una buena escusa para explicar por qué estaba parada. Además, realmente se sentía enferma.
- Sí profesora, me siento muy mal... ¿Puedo ir a la enfermería? – continuó.
- Claro, anda, y regresa cuando te sientas mejor. - dijo la profesora, preocupada por la palidez de su rostro y lo extraño que estaba actuando.
- Gracias.
Salió rápidamente de la sala para escapar de las miradas interrogadoras de sus compañeros, y se alejó por el pasillo. Cuando ya se encontraba bastante lejos, se detuvo y se recostó sobre la pared. No entendía nada, ¿Qué había sido ese extraño lugar? ¿Quién era esa persona, y por que quería lastimarla? Ahora estaba convencida de que no era un sueño, ni un efecto de la luz. Todo se había visto y sentido tan real... debía haber llegado a otra dimensión, raptada por el dueño de esa silueta oscura. ¿Pero para qué la querían? "Cada vez paso más tiempo en ese lugar." Pensó con un escalofrío. "¿Y si finalmente termino atrapada allí para siempre?"
Pero no, eso no lo iba a permitir. Daría la pelea, permanecería en su mundo. "Nadie secuestra a Antonia Pardon." Se dijo con firmeza. Encontraría la forma de evitarlo.
Seguía sintiéndose muy débil, así que se encaminó hacia la enfermería. Allí la enfermera le permitió que se recostara en una de las camas hasta que se sintiera mejor, y le entregó unas vitaminas. Pero por más que Antonia lo intentara, no podía descansar tranquila. Sentía que en cualquier momento podía ser llevada nuevamente a ese extraño mundo, por lo que se mantenía alerta, lista para defenderse si era necesario.
Pero nada ocurrió, así que apenas notó que el recreo había empezado, salió de la enfermería y fue al encuentro de sus dos amigas. Ellas se encontraban junto a la puerta de la sala, esperándola con ansiedad. Al verla, se acercaron a ella a toda prisa.
- ¿Te encuentras bien? - preguntó Luisa.
- No. Amigas, algo muy raro me esta pasando. - dijo Antonia, y sin darle más vueltas al asunto les contó todo.
Cuando terminó, Carolina y Luisa intercambiaron miradas de extrañeza y miedo.
- ¿Otra dimensión? Pero... eso no puede ser... - susurró Luisa.
- Eso me gustaría creer. - dijo Antonia con tristeza.
Dentro de sí, algo la hizo sentir que debía ir en busca de Tomás, y salió corriendo hacia su sala.
- ¿Adónde vas? - Le preguntó Carolina.
- A buscar a Tomás - contestó Antonia sin detenerse, y siguió corriendo. Apenas se perdió por el pasillo, Carolina y Luisa se miraron.
- ¿Qué te parece lo que dice? - le preguntó Carolina.
- Muy raro... ¿Qué crees tú?
- Que lo está inventando, no sería la primera vez que Antonia Pardon inventa una historia extraña... pero sea lo que sea, le esta trayendo problemas. O tal vez esta enloqueciendo...
- Sí, esa cantidad de ego ya le debe estar haciendo mal. - dijo Luisa, sonriendo.
Carolina también sonrió.
- Pero eso puede hacer que deje de ser popular... ¿Entonces qué haremos?
- Ya pensaremos en algo... aunque creo que sé que podemos hacer.
Luisa se acercó a Carolina y le susurró algo al oído. Carolina le sonrió y asintió aceptando su idea, y ambas partieron en busca de la chica que podría ayudarlas.

Mientras tanto, Antonia llegaba corriendo hacia la sala de Tomás. Lo buscó con la mirada, pero no lo encontró. Intrigada se acercó a Diego, uno de los mejores amigos de Tomás, y le preguntó por él.
- Hoy no vino al colegio... creo que esta resfriado. - le dijo Diego.
La poca alegría que Antonia había podido conseguir volvió a desaparecer. Lo único que deseaba en ese momento era hablar con Tomás, sabía que él podría consolarla y ayudarla. "Tendré con contentarme con tener el apoyo de mis amigas." Dijo, y se dirigió hacia la sala. Al llegar, descubrió que ni una de las dos se encontraba. Deprimida se sentó en su puesto, apoyando su cara entre sus manos, quedando con la vista fija en su banco. Los compañeros que estaban en la sala la miraban extrañados, por todo lo ocurrido ese día. Hasta que uno de ellos se acercó. Era Roger, el curioso de la clase.
- Oye, ¿Por qué gritaste antes? - le dijo con su chillón tono de voz.
- Es que... vi una araña - mintió Antonia.
- ¿Dormida? - preguntó escéptico Roger.
- No estaba dormida, estaba cansada y tenía la cabeza apoyada en mis brazos.
- Si tú lo dices... – respondió Roger, burlón.
- Ándate, no quiero hablar contigo. - dijo Antonia molesta.
Roger sonrió complacido por lo logrado, y se alejó hacia la multitud que esperaba sus noticias. Antonia le clavó una mirada de furia mientras se alejaba. Pero su enojo se fue pronto, reemplazado por un enorme sentimiento de soledad. No recordaba sentirse así desde hace años… y sin embargo allí estaba, sola y olvidada en su banco. Se extrañó al encontrarse deseando que sonara el timbre para volver a entrar a clases. Por suerte, su pedido no tardó en hacerse realidad. Sus compañeros entraron a la sala nuevamente, seguidos por el profesor.

El resto del día, las clases fueron bastante normales. Antonia se olvidó del acontecimiento de la mañana, o trató de hacerlo. Actuó normalmente el resto del día, y contó a todos la misma historia que le había contado a Roger. No era la mejor, pero si contaba que había sido secuestrada por alguien de otra dimensión... bueno, creo que ya imaginan lo que pasaría.
Al finalizar el horario de clases, Antonia llevó a Carolina a su casa, y practicaron el baile hasta el anochecer. Apenas Carolina se fue, ella corrió al teléfono y llamó a Tomás. Reconoció su suave voz al instante.
- ¡¡Tomás!! ¡¡No sabes cómo me alegra escucharte!! No sabes todo lo que me ha pasado hoy...
- Me dijeron que gritaste en clases. – la interrumpió Tomás en un tono frío, que Antonia no recordaba haber escuchado nunca en él.
- Bueno... Sí... - le respondió Antonia, confundida.
- Sabes que no me gustan las escenas. - le contestó con el mismo tono frío. - Pero no lo hice a propósito, verás...
- No me importa ahora, no me siento con ánimo para explicaciones.
- P...pero Tomás...
- No me des más peros, nos vemos mañana, y allí hablamos.

Y le colgó. Antonia permaneció con el auricular pegado a su oreja, sin creer lo que acababa de pasar. Finalmente lo dejó en su lugar, aguantándose las ganas de llorar. "¿Por qué me trató tan mal?" Se preguntaba una y otra vez, sin poder encontrar una respuesta que la satisficiera. Aquella actitud era tan distinta a la que estaba acostumbrada a ver en él…
Esa noche se acostó temprano, sin comer nada. Estaba demasiado deprimida para ello, y tenía mucho en lo que pensar.



Capítulo 3

A la mañana siguiente, Antonia despertó completamente desanimada. No se sentía con energías para ir al colegio. Se vistió lentamente, tomándose su tiempo. Mientras más se demorara en llegar, mejor. Allí estaban todos sus problemas. Bajó a desayunar, aunque no tenía hambre. Comió muy poco, lo que atrajo la atención de su madre.
- ¿Qué ocurre Antonia? – preguntó.
- No es nada... Fue una pequeña discusión con Tomás.
- ¿Te puedo ayudar en algo?
- No, no te preocupes, lo arreglaré todo hoy.

Antonia se sintió feliz de tener una madre tan atenta y preocupada. Pero su madre no podía solucionarle sus problemas, por lo que era mejor no preocuparla. Subió al baño y se lavó los dientes. Al terminar mojó su rostro en la limpia agua del grifo. Luego examinó su reflejo en el espejo.
- Vamos, tienes que verte bien hoy, con los enredos de ayer no puedes permitirte más malas caras. – le dijo a su reflejo. - Además, ahora hablarás con Tomás, y todo se arreglará.
Se miró al espejo nuevamente, y sonrió.
- Todo estará bien. - volvió a repetirse para darse ánimos.

Terminó de arreglarse y partió al colegio. Nuevamente, Tomás no se encontraba en la puerta del colegio esperándola, pero esta vez sabía que no era por que se encontrara resfriado, si no por otra razón peor aún. A pesar de todo, sintió que su ánimo decaía. Mantenía la secreta esperanza de que estuviera allí, esperándola para solucionar el problema cuanto antes. Siguió caminando hacia su sala, fingiendo estar alegre. Se propuso hablar en el primer recreo con Tomás, y aprovechó el tiempo antes de que tocara el timbre para conversar con todo el salón, intentando ayudarlos así a que olvidaran el incidente del día anterior.
Cuando llegó el recreo, Antonia fue la primera en salir de la sala, y partió hacia la sala de Tomás. Llegó justo a tiempo para verlo salir de ella, y lo llamó. Él se dio vuelta, y al notar quién era la persona que lo llamaba su sonrisa se esfumó, reemplazada por una mirada de fastidio.
- Muy bien, ahora explícame qué pasó ayer. - dijo con firmeza.
- Tomás, es que no me creerás... – respondió Antonia con tristeza.
- Ponme a prueba.
Antonia lo llevó a un sitio más tranquilo y contó todo lo que había ocurrido el día anterior con lujo de detalles. Al terminar levantó la mirada temerosa, buscando la de Tomás. Él se encontraba demasiado sorprendido para hablar. Dudoso abrió la boca para decir algo... pero el sonido del timbre lo detuvo.
- Luego seguimos hablando. – dijo Antonia con tristeza, y se alejó.
Tomás se dio vuelta y caminó hacia su sala, sin sacar la expresión de sorpresa de su rostro. Antonia corrió a su propia sala para no llegar tarde, sintiéndose nuevamente desdichada.
Al llegar a su sala, abrió un cuaderno cualquiera, y notó que no había escrito nada desde que le habían contado sobre el Concurso de Talentos. "No puedo seguir así, mis notas disminuirán... esta clase pondré más atención." Pensó con determinación. Sonrió, y sacando sus lápices se dispuso a tomar apuntes.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

En otra dimensión, en una oscura sala acolchada, una silueta oscura hablaba con determinación. "Ya es hora, debemos volver a intentarlo. Estamos teniendo éxito, ella viene a nuestro mundo cada vez por más tiempo."



Capítulo 4

Antonia trabajaba con ahínco. No recordaba haberse esforzado tanto en hacer los ejercicios de matemáticas como esa clase, pero no pensaba detenerse. Notaba que mientras más concentrada se mantuviera, menos pensaba en sus problemas. Pasó toda la primera hora de clases trabajando sin descanso, esforzándose al máximo. En ese momento se encontraba muy concentrada en una dificilísima ecuación, cuando algo la hizo detenerse. Le parecía escuchar a lo lejos a una mujer llorando desconsoladamente. Alejó su mirada de su cuaderno y la dirigió al salón. Todos trabajaban, algunos en parejas, otros solos, pero nadie parecía estar llorando. Sin embargo, seguía escuchando el sonido del llanto, cada vez más cercano. Se dio vuelta y le preguntó a uno de sus compañeros si oía algo.
- No oigo nada, nadie está llorando. - contestó extrañado.
Antonia volvió a dirigir su vista al frente. Eso era muy extraño...
De repente, la sala empezó a oscurecerse. Cerró los ojos y puso sus nudillos sobre ellos, y los movió en círculos tratando de limpiar sus ojos. Eso debía ser, nada más... Pero al volver a abrirlos, un gemido se escapó de sus labios. Había vuelto a ese extraño y sombrío mundo.
Esta vez estaba sentada en la cama, su espalda apoyada contra la pared. Miró a su alrededor, y vio al fondo de la pieza oscura una silueta femenina... ella era la que estaba llorando. Ahora podía escuchar sus sollozos con claridad. Al percatarse de que Antonia la observaba dejó de llorar, y con dudosos pasos empezó a acercarse a ella. Pero de la oscuridad surgió la otra figura, la figura que siempre veía al ir a ese mundo. Ésta detuvo a la mujer. "Aun no está lista." Le dijo en voz baja, con una poderosa y masculina voz. La mujer asintió, y permitió que la otra figura se acercara a Antonia, mientras sacaba su inyección. Lanzó a Antonia una mirada que a ella le pareció maligna y tenebrosa.
Tengo que resistir, tengo que quedarme quieta... recuerda que todo lo que hagas aquí pasará en el mundo real, y todos te mirarán extrañados de nuevo." Pensaba Antonia, muerta de miedo, mientras veía cómo se acercaba el hombre. En voz baja trató de pedirle que se alejara, que la dejara en paz viviendo en su mundo, pero la voz no le salía. Sentía sus labios tiesos, seguramente la habían anestesiado. Cuando el hombre iba a tocarla, no aguantó más y para esquivarlo se lanzó hacia el lado, debiendo así caer sobre la cama. El impacto contra la dura superficie la hizo cerrar los ojos, y al volver a abrirlos se encontró en el suelo de la sala, adolorida y con todos mirándola de nuevo.
- Pero, ¡¿Qué te ha pasado?! – gritó la profesora, que era una mujer muy nerviosa.
- Nada, creo que me quedé dormida. - dijo Antonia, levantándose adolorida.
- Pues ve a la enfermería para que te revisen, ¡Tal vez se te rompió un hueso!
Antonia salió sin decir nada, y fue a la enfermería. La enfermera se sorprendió de verla de nuevo.
- ¿De nuevo te sientes mal Antonia? - dijo.
- La profesora me mandó por que me caí... creo que estoy un poco mareada.
- Ven a acostarte, te traeré algo.
La buena mujer no dejó salir a Antonia en todo el horario de clases restante, ni en el recreo. Pensaba que Antonia podía estar cayendo con algún virus, después de todo era el segundo día que llegaba a la enfermería diciendo que estaba mareada. Por culpa de sus excesivos cuidados, Antonia no pudo continuar con su conversación con Tomás. Ahora debería esperar hasta el almuerzo. Para su desgracia, la enfermera solo la quiso dejar libre al horario de la siguiente clase.
- Abrígate bien, es lo mejor que puedes hacer si estás cayendo enferma. – dijo la enfermera.

Cuando finalmente tocó el timbre para salir a recreo, agarró su almuerzo y fue en busca de Tomás. Lo encontró junto a sus amigos en una mesa aparte. Cuando la vio, se acercó a ella y en un susurro le dijo:
- Almuerza primero... luego hablamos.
A Antonia no le quedó más que ir a comer, lejos de Tomás. Se sentó en la mesa de las populares, notando la mirada complacida de Natasha. Algo debía estar tramando.
- Oye Antonia, no entiendo qué te pasa, dicen que estás actuando muy extraño. - le dijo ella con una falsa expresión de preocupación.
- No me he sentido muy bien, creo que estoy cayendo con algún virus. - mintió Antonia, recordando la preocupación de la enfermera.
- Espero que estés bien par la próxima semana... es el concurso de talentos, no me gustaría que faltaras justo ese día. - dijo Natasha con hipocresía.
- Sí. - le contestó Antonia con seriedad.
Los demás notaron que no estaba de humor para bromas, y la dejaron tranquila. Ella comió tan rápido como pudo, pero cuando volteó para buscar a Tomás, se dio cuenta de que él ya no estaba, ni ninguno de sus amigos.
- ¿Dónde se habrá metido? - dijo en voz alta con tristeza.
- ¿Algún problema Antonia? - le preguntó una de sus compañeras.
- No es nada... un pequeño problema con Tomás, es todo.
- Bueno, espero que todo se arregle. - le dijo la misma chica.
- Gracias. - dijo Antonia, poniendo su más bonita sonrisa.
Pero la verdad es que no se sentía nada alegre. Se daba cuenta que Tomás la estaba evitando. "Primero me trata mal por teléfono, luego le cuento algo que me tiene muy asustada y en vez de apoyarme me evita... ¿Qué le pasa? ¡Está actuando tan extraño!" Pensaba deprimida.
No pudo encontrar a Tomás en todo el recreo, pareciera que la tierra se lo había tragado. Solo le quedó contentarse con la compañía de Carolina y Luisa.
- Y... ¿Hoy nos juntaremos a ensayar el baile? Hoy sí puedo - preguntó Luisa.
- ¿Eh? Ah sí, claro, el baile... - dijo una muy distraída Antonia.
- ¿Estás bien? - le preguntó Carolina.
Ella devolvió la mirada entristecida.
- Ustedes sí creen en la historia que les conté ayer, ¿Verdad?
- Claro, claro. - se apresuró a responder Luisa.
- Sí, nunca pondríamos en duda tu palabra. - aseguró Carolina.
Antonia les sonrió, y desvió su mirada hacia la ventana, pensativa.
- Juntémonos en mi casa esta tarde. Eso sí, necesito hablar con Tomás... hagan mi mochila y espérenme afuera. Apenas suene el timbre tendré que salir corriendo.
- Muy bien. - dijo Luisa.

Entraron a clases. Antonia hizo los ejercicios con la mayor rapidez y paciencia, y finalmente tocó el timbre. Salió corriendo de la sala, y encontró a Tomás tratando de marcharse pasando desapercibido.
- ¡Tomás! - dijo desde lejos, y se acercó a él.
Tomás se dio vuelta lentamente. No parecía nada contento de verla. Antonia lo agarró del brazo y lo llevó lejos de la multitud, a un pequeño patio que se encontraba vacío. Allí lo enfrentó, poniendo sus manos en la cadera.
- Tomás, desde que te conté lo que me pasó, me has estado evitando. Como mi novio, no puedes hacer eso. Quiero saber lo que pasa AHORA. – ordenó.
Tomás la miró incómodo y desvió la mirada.
- Vamos Tomás, ¡Dime qué te pasa! - dijo Antonia, empezando a exasperarse.
- Veras, Antonia. - dijo Tomás, hablando muy lento, pensando cada palabra. - la verdad, tu historia es un poco extraña... no te molestes por que me haya alejado, necesitaba pensar... ahora ya lo he pensado, y aunque sigo muy confundido, me gustaría poder ayudarte, ¿Pero estás segura que lo que dices es verdad?
- Claro que sí, no sabes lo reales que se ven esas imágenes.
- Pues, la verdad no sé cómo podría ayudarte... solo trata de no hacer el ridículo, supera los hechos. Tú tienes el poder en tu mente.
- Lo intentaré. - dijo deprimida.
- Recuerda, que siempre tendrás mi apoy...
Tomás dejó de hablar repentinamente. Antonia levantó la mirada extrañada. Él se encontraba completamente inmóvil, con la boca entreabierta como si quisiera decir algo.
- ¿Tomás? – lo llamó dudosa.
Tomás no respondió.
- Tomás, ¿Qué te pasa?
Nuevamente no hubo respuesta.
- Tomás, deja de bromear, esto no es divertido. – dijo Antonia, empezando a asustarse.
Tomás permanecía paralizado, sin mover ni un solo músculo.
- ¡Tomás! ¿Qué te ocurre? – exclamó Antonia asustada.
Tenía que conseguir ayuda, algo extraño ocurría. Pero al a vez no se encontraba capaz de dejar solo a Tomás.
- No te preocupes, te ayudaré… - empezó a decirle, sin saber qué hacer.

Pero de repente… Tomás empezó a moverse. Pestañeó sorprendido, mientras lentamente empezaba a recuperar la movilidad. Antonia dejó escapar un suspiro aliviada y le sonrió a su novio, pero Tomás no se percató de ello. Miraba todo extrañado, como si no recordara cómo había llegado hasta allí. Recién allí su mirada cayó sobre Antonia. Ella volvió a sonreírle, pero la expresión de Tomás no demostraba alegría. Al contrario, lucía furioso.
- La próxima semana es el concurso ¿No? – le dijo con brusquedad en un tono de voz muy distinto del que había estado usando antes. - ¡¡No hagas nada mal!! ¡Si haces el ridículo terminaré con nuestra relación!

Tomás se dio vuelta y se alejó caminando con brusquedad. Antonia permaneció donde estaba, sorprendida. ¿Qué había pasado? Tomás se había quedado inmóvil, y al recuperar su movilidad había cambiado completamente. Unas lágrimas intentaron escapar de sus ojos, pero Antonia evitó que escaparan apretando fuertemente los ojos. Nunca antes Tomás la había tratado de esa forma tan cruel... siempre había sido muy comprensivo con ella. ¿Qué le ocurría ahora? No tenía ninguna respuesta a sus preguntas. Las lágrimas luchaban por escapar, por lo que decidió volver a la entrada principal. Sabía que al estar rodeada de gente las ganas de llorar se marcharían.
Luisa y Carolina la esperaban junto a la puerta. Ella pasó a su lado, y empezó a caminar hacia su casa sin preocuparse siquiera por que la siguieran. Sus amigas la alcanzaron, pero no consiguieron sacarle ni una palabra. Ella permaneció callada durante el trayecto, con la mirada ausente.

Al llegar a la casa practicaron de nuevo, Antonia siempre fingiendo que todo estaba bien. Había decidido que estando triste no iba a conseguir nada, por lo que al llegar a su casa una falsa sonrisa había aparecido en su rostro. Pero a pesar de sus esfuerzos sus amigas notaron que estaba más irritable, y que se esforzaba mucho más en el baile.
- Luisa, ¡Apréndete el baile! - dijo Antonia enojada y exasperada. - ¡¡Es la próxima semana!!
Luisa y Carolina resistieron en silencio, pensando que debía encontrarse así por la presión del tan cercano concurso. Aunque les extrañaba que se comportara así; habían concursado en otras competencias y nunca la habían visto cambiar tanto por una de ellas.
Finalmente en la noche se fueron, contentas de alejarse de Antonia. Apenas quedó sola, Antonia se preparó un Sandwich en la cocina. Le avisó a su madre que se iba a acostar temprano, y subió a su pieza. Allí se puso su pijama, y finalmente dejó salir toda esa presión que sentía. Apretó su rostro contra la almohada, y lloró hasta que cayó dormida, agotada.



Capítulo 5

El resto de la semana pasó con más tranquilidad. Antonia se esforzó por conseguir que sus compañeros olvidaran la forma extraña en la que había actuado los otros días, volviéndose más agradable que nunca antes. No volvió a tener otro de esos "raptos a otra dimensión", y llegó a creer que realmente había sido todo un sueño. Pero su relación con Tomás seguía distanciada. Él parecía querer evitarla, lo que le causaba gran dolor. "Cuando gane el concurso el miércoles, correrá a abrazarme." Se decía Antonia, y manteniendo aquella ilusión se esforzaba el doble en el baile. No paró de trabajar en todo el fin de semana junto a sus amigas, hasta que pensó que todo salía perfecto.

El miércoles se levantó más temprano de lo habitual. No se sentía con energías para ir al colegio, pero no tenía otra opción. Fue al baño y observó su reflejo. Una mirada de frustración le devolvió la mirada. "Vamos, hoy debes lucir hermosa para el concurso. Si ganas, todo volverá a la normalidad." Se mojó la cara y le sonrió a su reflejo. Corrió a su pieza y se puso la ropa que había seleccionado para usar en el baile. Una polera fucsia cortada en diagonal, que tapaba solo uno de sus hombros pronto estuvo sobre su cuerpo. Se puso también una minifalda cortada también en diagonal de color café, y unos zapatos cafés que se ataban a sus piernas. Se hizo un tomate en el pelo y bajó a desayunar. Comió solo una manzana, para no sentirse pesada a la hora de bailar, y partió hacia el colegio. Llegó sin ningún percance, y notó que las miradas de todos se detenían en ella al verla pasar, encantados con su figura. Su orgullo herido volvió a brillar en su rostro con su sonrisa. "Debería vestirme así más seguido." Pensó con alegría. Se dirigió hacia su sala. Allí estaban Carolina y Luisa, ambas vestidas igual a ella, la única diferencia era que sus poleras eran color azul y verde respectivamente.
- ¿Listas? - les dijo.
- ¿El concurso es ahora? - preguntó Luisa.
- Así es, vamos - dijo Antonia.
Se dirigieron al auditórium. Las miradas de todos se posaban en ellas. Antonia se sentía muy importante, y no dudaba en demostrarlo. Se pavoneaba por la escuela como si ya hubiera ganado el concurso.
A la entrada del auditórium encontraron la lista de los participantes en el respectivo orden en el que iban a pasar al escenario.
- No puede ser, no solo no somos las primeras, sino que además vamos después de Natasha. - dijo Antonia molesta.
- Hola Antonia - dijo una voz femenina a sus espaldas.
Se dieron vuelta y vieron a Natasha. Llevaba una falda negra muy larga cortada en puntas y una polera morada sin mangas. Detrás de ella había cuatro chicas, todas vestidas igual a ella.
- ¿Lista para perder? Por que nosotras vinimos a ganar. - dijo Natasha orgullosa.
- Nosotras también Natasha. - le dijo Antonia con una sonrisa desafiante. Ambas se miraron un momento, una sonriendo, la otra seria, hasta que el anuncio del inicio del concurso las hizo desviar la mirada.
- Vengan chicas, vamos a sentarnos. - dijo Antonia dándole la espalda a Natasha.
Las tres se sentaron, e inició el concurso.

Las presentaciones no fueron muy buenas. Unos chicos hicieron un acto de expresión artística. Otro grupo organizó una pequeña obra, pero perdieron el hilo a mitad de ella. Otro grupo también organizó un baile, pero Antonia estaba segura que su baile era mucho mejor. Ella se rió de todos los actos, y estaba segura de que iba a ganar. Solo le preocupaba el acto de Natasha, y puso toda su atención en el escenario cuando ella pasó adelante. Ella, también había organizado un baile. Tenía un estilo delicado y expresivo, pero no usaba pasos muy originales. Antonia se relajó y pensó que definitivamente el triunfo era suyo.
Cuando Natasha y su grupo terminaron, Antonia, Carolina y Luisa subieron al escenario. Entonces la música inició. Todo su esfuerzo dio frutos, y bailaron como nunca, con una coordinación y un ritmo asombrosos. Antonia estaba segura que todo iba a salir bien, cuando la música se cortó de golpe. Abrió los ojos y vio todo oscuro. "No justo ahora, no por favor." Rogó en su mente. Pero era muy tarde. La oscura pieza del otro mundo apareció frente a ella. Un hombre la observaba, un hombre que Antonia no tardó en reconocer. Llevaba una enorme inyección en sus manos. Finalmente le clavaría aquella tétrica aguja, sin que ella pudiera evitarlo.
- Al fin estás aquí, ahora creo que podremos avanzar al siguiente paso. – dijo.
Recuerda que esto es solo una ilusión, una fantasía… mantente quieta, sin hacer ni decir nada, o en el mundo real quedarás en ridículo." Pensaba Antonia, tiritando de pavor. El sujeto le agarró el brazo, y le clavó la aguja. Un dolor como nunca antes había sentido le invadió todo el cuerpo. No pudo aguantar y lanzó un chillido, mientras empujaba al hombre. La aguja se clavó más con el movimiento, y Antonia volvió a gritar más fuerte que antes. Juntando toda su fuerza, ya que como siempre que estaba en ese mundo se sentía muy débil, se quitó la inyección y se la lanzó al hombre que yacía en el suelo. La aguja se le clavó en el brazo, y el tipo dejó salir una exclamación de dolor.
Antonia se levantó y como pudo fue hacia la puerta de la pieza. Esta vez sus piernas resistían el peso de su cuerpo, pero sentía que caería en cualquier momento. El mareo volvió con más fuerza que nunca, pero hizo lo posible por resistirlo. Debía hacerlo, o ese hombre la atraparía. Abrió la puerta de la pieza y salió hacia un corredor muy luminoso. El cambio la dejó enceguecida, pero siguió caminando como pudo. El sujeto de la inyección pedía ayuda a gritos. El tiempo de Antonia estaba contado, debía aprovecharlo al máximo. Siguió caminando, a pesar de no poder ver gran cosa. Cuando recuperó la vista, vio que se encontraba en un largo corredor color blanco, con luces demasiado brillantes en el techo que le daban un brillo excesivo. Al otro lado del pasillo vio salir a dos hombres vestidos con trajes blancos, que al verla se acercaron corriendo a ella. "No, no pueden atraparme." Pensó Antonia asustada, y entró por otro corredor igual al anterior que se abría a la derecha. Pero en ese pasillo había más hombres con trajes blancos, que al verla fueron hacia ella y la agarraron.
- ¡¡No, suéltenme, déjenme ir!! - gritaba Antonia mientras forcejeaba intentando escapar, sin obtener resultados.
Entonces llegó el hombre de la pieza, sosteniendo en alto su enorme inyección.
- Intentamos hacerlo por las buenas, pero sigues resistiéndote. Tendremos que dormirte de nuevo.
Otro hombre sacó una inyección más pequeña de su bolsillo y se la clavó a Antonia en el brazo. El dolor era insoportable. Pronto empezó a sentirse mareada y el sueño empezó a envolverla... sus párpados le pesaban demasiado, ya no podía mantenerse despierta...
- ¡Antonia!
Antonia abrió los ojos. Estaba tirada sobre el suelo del escenario, con Luisa y Carolina mirándola preocupadas. Se levantó tiritando. Todo el colegio la observaba atemorizado, hasta que alguien empezó a reírse. Quien fuera, se reía de ella. De Antonia Pardon. Pronto todo el colegio empezó a reírse a carcajadas. Habían visto y escuchado todo lo que había hecho o dicho Antonia.
Antonia no soportó la vergüenza, y salió corriendo. Las lágrimas empezaron a caer por su rostro mientras bajaba del escenario. Pero al bajar, se encontró cara a cara con Tomás, quien le bloqueó el camino.
- ¡Tomás! ¡No sé que pasó, todo fue muy raro! Tomás, amor, por favor no me dejes...
- ¡Esta fue la gota que derramó el vaso Antonia! - gritó Tomás furioso - ¡Yo no te pedía nada, solo que fueras popular y normal! ¡Aguanté todas tus tonterías, pero esto es demasiado! ¡Terminamos!
- Pero, ¿Eso quiere decir que no me amas? - dijo Antonia mientras las lágrimas bajaban por su rostro.
- ¿Amarte? – Tomás dejó salir una estridente carcajada. – Pobre pequeña ingenua… ¡Yo nunca te quise! Pero todo chico popular necesita una novia popular, así es más popular... ¿Entiendes? Pero ya no eres popular, así que no necesito estar contigo. Puedo tener a cualquier otra... es más, creo que ya sé a quien. Natasha, ven por favor.
Natasha se acercó y Tomás le pasó el brazo por la espalda.
- ¿Te he dicho lo linda que eres? - le dijo dulcemente, usando el mismo tono de voz que solía usar con Antonia.
Natasha miró a Antonia maléficamente, y abrazó también a Tomás. Ella no pudo soportarlo y salió corriendo. En su camino divisó a Carolina y a Luisa, y corrió hacia ellas.
- Chicas, ¿Ustedes si van a seguir conmigo verdad? ¡Ustedes sí son mis amigas verdaderas! - dijo Antonia exasperada.
Luisa desvió la mirada, pero Carolina vio su oportunidad de decir finalmente todo lo que sentía.
- ¿Amigas? ¡Más bien tus esclavas! ¿Alguna vez te preocupaste por nosotras? ¡Claro que no! Siempre nos obligabas a hacer todo lo que querías ¿Eso es amistad? Lo soportábamos por que eras popular, pero ahora que todo ha pasado, podemos dejarte. Vamos Luisa.
Carolina caminó muy decidida donde Natasha. Luisa empezó a seguirla, pero se detuvo y volvió a mirar a Antonia con lástima.
- Lo siento... tal vez así aprendas a tratar bien a los demás. - dijo desviando la mirada, antes de seguir a Carolina.

Y allí quedó Antonia, completamente sola, sin amigas, sin novio, sin su popularidad. Las lágrimas caían copiosamente por su rostro, que intentaba ocultar entre sus manos. El resto de los alumnos empezaba a retirarse del auditórium, y pasaban frente a ella ignorándola por completo. Pero de repente sintió una mano sobre su espalda. Alzó la mirada y se encontró frente a unos ojos negros como el carbón, ocultos bajo un largo pelo color azabache. Una semisonrisa iluminaba el pálido rostro de aquella persona.
- Gladys, ¿tú también has venido a reírte de mí? - dijo Antonia deprimida.
- No, yo sé lo que es estar sola. Has hecho muchas cosas malas y tal vez te merezcas la soledad... pero yo me quedaré contigo.

Aquella actitud en Gladys sorprendió a Antonia. Luego de todas las cosas malas que ella le había hecho... Ahora, cuando finalmente podía vengarse... ¿venía a acompañarla? "Realmente he sido muy cruel con ella." Pensó Antonia arrepentida. Se restregó los ojos con las manos, y se puso de pie. Miró fijamente a Gladys, quien seguía a su lado mientras el resto de los alumnos salía del auditórium.
- Gladys, yo... lamento todo lo que te hice. - le dijo Antonia arrepentida.
- Ya no importa. – dijo Gladys.
En ese momento el rostro de Gladys se desfiguró con una expresión de horror.

- ¡¡Antonia ayúdame!! – exclamó asustada.
Antonia no entendía lo que pasaba, pero de repente vio a Gladys caer al suelo.
- ¡¿¡Gladys qué te pasa!?! – exclamó Antonia tratando de ayudarla.
Se agachó junto a ella, y entonces notó con horror que Gladys empezaba a desaparecer.
- ¡¡No, Gladys!! – Gritó Antonia.
Sin que Antonia pudiera hacer nada por evitarlo, Gladys desapareció sin dejar rastro alguno. No sabía cómo reaccionar. Solo estaba segura de una cosa: debía decírselo a alguien cuanto antes. Justo en ese momento, un grupo de chicos pasaron junto a ella.
- ¿Y ahora por qué gritas? – le preguntó bruscamente un joven.
- ¿Qué no lo vieron? ¡Gladys acaba de desaparecer! – exclamó Antonia my excitada.
- ¿Qué Gladys? No hay ninguna Gladys en el colegio. – dijo el joven extrañado.

La sorpresa la dejó muda. El grupo se alejó rápidamente, susurrando entre ellos y mirándola como si estuviera loca. Antonia no sabía qué creer… Gladys había desaparecido delante de ella, y nadie lo había notado. Es más: parecía que nadie recordaba que había existido. "¿Me estaré volviendo loca?" Pensó Antonia. Pero no podía ser, ella recordaba haber visto tantas veces a Gladys, acompañada por las que antes fueron sus amigas. No podía ser su imaginación, no podía haber inventado una persona... "Debe ser este ambiente de colegio, me está haciendo mal." Pensó nerviosa. "Si, eso debe ser. Entonces debo irme de este lugar cuanto antes." No sería la primera vez que se escapaba del colegio, así que no se sentía preocupada. Lo que le pesaba era tener que escapar sola... pero luego de todo lo que había pasado sería imposible conseguir a alguien que la acompañara.

Era muy simple escapar del colegio. Durante los horarios de clase los pasillos se vaciaban, y uno podía transitar con libertad. Antonia solo debía conseguir llegar hasta el patio, y cruzar a través de una reja que no mediría más de un metro y medio. Con la ayuda de un basurero volcado, pasar sobre la reja era bastante simple. No perdió tiempo, y se deslizó en silencio por los pasillos, sin encontrarse con nadie. Volcó el basurero como tantas veces había hecho antes, y de un salto pasó al otro lado. Pero apenas pasó sobre la reja, algo muy extraño ocurrió. Todo a su alrededor empezó a girar descontroladamente. El sol y la luna pasaban frente a ella a cada segundo, cambiando el día por la noche y viceversa. Antonia observaba todo petrificada en su lugar, demasiado asustada para reaccionar de forma distinta. Aguzó el oído, pensando que escucharía algún grito proveniente de las salas, pero ningún ruido llegó a sus oídos. ¿Nadie más notaba lo que pasaba? ¿Acaso lo estaba imaginando? Pero, no podía ser…
Una escalofriante risa sonó justo detrás de Antonia, una risa que le erizó todos los pelos de la nuca. Pareciera que algún ser malvado se encontrara a su lado. Solo debía voltearse para encontrarlo...
Antonia ya no soportó más, y salió corriendo hacia su casa. Le seguía pareciendo que todo giraba en torno a ella, mareándola y confundiéndola. Estaba aterrada, tenía que encontrar un lugar seguro, NECESITABA encontrar un lugar seguro y tranquilo. Y el único lugar que se le ocurría era su hogar, junto a sus padres... No perdió tiempo y corrió por aquellas calles que en aquel momento le parecían completamente nuevas y desconocidas.
Al llegar a su casa, todo dejó finalmente de girar, y el cielo dejó de cambiar, permaneciendo en un oscuro cielo nocturno sin luna. Antonia lanzó una última mirada asustada al exterior antes de entrar a su casa. Le dio un portazo a la puerta, dejando atrás todos los extraños acontecimientos del día. Prendió las luces de la casa y empezó a buscar a sus padres. No había nadie, estaba completamente sola. Unas lágrimas se escaparon de sus ojos nuevamente. Tenía mucho miedo. Subió a su pieza, y al llegar a ella una ola de sueño la invadió. Se sintió muy cansada, seguramente por todas las emociones que había tenido ese día, así que sin siquiera ponerse el pijama se metió a la cama. Antes de quedarse dormida apretó su almohada entre sus brazos y pensó: "Por favor, que todo esto sea solo una pesadilla, y que cuando despierte siga siendo igual de popular, llena de amigas y con Tomás a mi lado...



Capítulo 6

A la mañana siguiente, Antonia se despertó sintiendo que no había dormido nada. No tenía ganas de levantarse, de volver al mundo real… prefería permanecer acostada con los ojos cerrados, negando la realidad.
Cuando ya no pudo seguir retrasando el momento de levantarse, abrió los ojos lentamente. Todo estaba muy oscuro, no podía ver nada. "Creo que me levanté antes de tiempo, aun debe ser de noche." Pensó. Se sentó en la cama con lentitud, sintiéndose un poco mareada, y alargó la mano para tomar su reloj del velador. Pero no logró encontrarlo. En cambio, notó extrañada que aquel no era su velador, se veía muy distinto… un inexplicable temor la invadió, y rápidamente prendió la luz que se hallaba sobre él, y miró a su alrededor. Sus ojos se agrandaron con horror y una expresión de miedo desfiguró su rostro. No se encontraba en su casa, sino atrapada en aquel otro mundo, aquel sombrío mundo al que era arrastrada contra su voluntad. Ese mundo que le había arruinado la vida.
Empezó a tiritar, y cerró los ojos esperando despertar de una horrible pesadilla. Pero al volver a abrirlos seguía en el mismo lugar.
- No puede ser... – susurró.
Estaba tan consternada que no notó que la puerta de la acolchada pieza se abría, ni se percató de la presencia de una mujer, hasta que ésta le habló. - ¡¡Gladys, has despertado!! Hijita mía, ¡cuánto me alegra verte sentada!

Antonia se volteó asustada. Junto a de la habitación se encontraba la mujer que varias veces había visto al llegar a ese mundo; la mujer que sollozaba, la mujer que conversaba con la otra figura. Pero para su sorpresa no se veía diabólica ni malvada. Tenía un rostro amigable, extremadamente pálido y regordete, pero amigable. En sus ojos castaños se veía el rastro de muchas noches sin dormir, muchas noches de incesante llanto por alguna pena pasada. Éstos estaban hinchados, por lo que Antonia infería que había estado llorando hace poco. Tenía una nariz ancha, y sus labios eran muy finos y de un rojo muy suave. Sobre su rostro caía un corto pelo rubio, que de cierta forma iluminaba su rostro. Su cuerpo era pequeño y obeso. Llevaba unos pantalones verde oscuros y una polera holgada de mangas cortas color blanco. Además tenía una ancha cartera café de la que asomaba un paquete de pañuelos, lo que hacía que Antonia estuviera más segura de que aquella mujer había estado llorando. Ella corrió hacia Antonia, pero ésta lanzó un chillido agudo y se arrastró por la cama intentando alejarse.
- ¿Q-Quién es ust-ted? – le preguntó con un hilo de voz.
La mujer notó su miedo y se alejó de ella, mientras una lágrima de cristal escapaba de uno de sus ojos.
- Claro, no me debería sorprender que me hayas olvidado, ha pasado tanto tiempo... – dijo la mujer, más para ella que para Antonia.
Levantó la mirada y sus castaños ojos se posaron en los de Antonia. Algo en ella hizo a Antonia recordar el rostro de su madre, y al examinarla con detenimiento notó que ambas mujeres tenían varios rasgos faciales en común.
- Disculpa que me haya precipitado, pero es que ya llevo diez años esperándote.
- ¿Qué quiere decir?
- Oh mi pequeña Gladys, ha pasado tanto tiempo... – repitió la mujer, sonriendo con ternura.
- Mi nombre es Antonia, no Gladys. – dijo Antonia tajante.
- No, tu nombre es Gladys, Gladys Dellawer Nocovich. Hija, escucha lo que quiero decirte...
- Deje de decirme hija, mi nombre es Antonia Pardon y mi madre no es usted, mi madre está en mi mundo, ¡Del que usted me ha sacado! ¿Sabe todo el daño que me ha causado? Cuando vuelva, todo será distinto. Para volver a estar como antes tendré que...
- Pero querida, no volverás.
- ¿¿Qué??
Los ojos de Antonia se abrieron de forma inconmensurable, y una expresión de furia y confusión apareció en su rostro.
- Por favor, déjame explicártelo todo. – le rogó la señora.
Hubo un momento de silencio, antes que Antonia le respondiera a regañadientes.
- Hable.
La mujer sonrió aliviada, y empezó a hablar.
- Verás, como decía, tu verdadero nombre es Gladys Dellawer Nocovich. Hace catorce años naciste, iluminando mi triste existencia. Verás, mi vida nunca fue muy feliz, tuve muchos problemas en ella, que parecieron esfumarse cuando conocí a Jack Dellawer, tu padre. Pero meses antes de que nacieras, él murió en un accidente aeromovilístico.
- ¿Accidente aeromovilístico?
- Sí, supongo que no sabrás lo que es... pues verás, nos movilizamos en vehículos aéreos, los aerovehículos o aeroautos. Un Accidente aeromovilístico es un choque de estos aerovehículos.
«Bueno, como decía, me quedé sola y deprimida, pero cuando naciste... fue como estar de nuevo junto a Jack, y mi vida volvió a tener sentido. Esos fueron los cuatro años más felices de mi vida, pero un día... – los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas, y un sollozo se escapó de sus labios. – Un horrible día el aerobus en el que ibas se volcó. No ibas con el cinturón puesto, y recibiste un terrible golpe en la cabeza que te causó un derrame cerebral, y una posible pérdida de memoria. Estuviste muchos días en emergencia, al borde de la muerte. – otro sollozo se escapó de sus labios. – Finalmente lograron salvarte la vida, pero no tu conciencia. Hija, llevas diez años en estado vegetal, diez años en los que he hecho todo lo posible por recuperarte, por volverte a tener junto a mí. Y ahora finalmente vuelves a estar a mi lado. ¡Oh Gladys!»

La señora no resistió más y abrazó a Antonia con todas sus fuerzas. Ella no respondió el abrazo, pero tampoco lo evitó. Simplemente era incapaz de reaccionar. ¿Cómo podía ser verdad que toda su vida, todo lo que hasta ahora había vivido... hubiera sido solamente un sueño producido por su estado vegetal? No, no podía ser realidad... era incapaz de creerlo.
- Señora... eh...
- Rebeca, pero recuerda que puedes decirme madre. – le respondió la mujer con ternura.
- Señora Rebeca, - recalcó con seriedad - entonces según lo que dice... ¿todo lo que hasta ahora he vivido ha sido solamente un sueño?
- Pues... Sí, podría decirse. Pero no toda tu vida, solo desde los cuatro años en adelante.
- Pero, ¡Eso es imposible! – exclamó Antonia. – Yo... yo he estado en el colegio... ¡pasé materia! El periodo del triangulismo, la Gran Guerra de 1860...
- Hija, no existe el triangulismo. Lo más cercano a eso es el cubismo, un período que ocurrió hace algunos siglos. Y en 1860 no hubo ninguna guerra, la guerra más grande que hemos tenido fue la Guerra Mundial, pero esa ocurrió setenta años después.
- Pero... ¡No puede ser! Yo... ¡Tenía amigas! Carolina y Luisa, y estaba mi novio Tomás, y sus besos... ¡No puede haber sido todo falso!
- Gladys, a los cuatro años tus mejores amigas se llamaban Luisa, Carolina y Antonia. Tu maestro era Tomás, de algún lado debes haber recordado sus nombres y creado tu propio mundo con ellos.
- Pero... yo era porrista, y había autos y shows y computadores y... ¡No pude haberlo inventado todo!
- Claro que no. El buen doctor Clark había inventado una máquina iba colocando imágenes en tu cerebro, películas. Con ellas intentaba ayudarte a adaptarte a la realidad cuando despertaras. Esas imágenes quedaron dentro de tu mente, de forma que con ellas fuiste creando tu propio mundo.
- ¿Y funcionó?
- Pues... no completamente. Verás, era una máquina experimental... y al probarla con otra chica la máquina falló, causándole varios problemas cerebrales. No quise seguir arriesgándote, así que no terminamos de instruir tu mente. Ella sola debe haber ido llenando los vacíos que quedaron.
- Pero...
Antonia seguía buscando algún punto de apoyo, algo que la ayudara a defender su postura, y con lo que pudiera demostrar que lo que había vivido en aquel otro mundo había ocurrido en verdad. Pero no podía encontrar nada; había respuestas para todo.

Rebeca permaneció junto a ella mirándola con ternura, comprendiendo lo confundida que debía sentirse. Finalmente se levantó.
- Creo que tienes mucho en lo que pensar. Descansa un poco, regresaré en algunos minutos.
Salió de la pieza. Antonia siguió meditando sobre esos dos mundos, y recordó cuando le clavaron la inyección la última vez que había estado allí. Había sentido un dolor enorme, el dolor más fuerte que recordaba haber tenido en su vida. Ahora que lo pensaba, eso debía haber sido por que era el primer dolor REAL que sentía desde hace diez años. ¿Entonces era verdad, toda su vida había sido falsa, ensueños? Los besos que le daba Tomás, tan dulces y tan esperados por ella... ¿Eran solo fantasías? Las heridas, la rabia, el cansancio... ¿inventos de su mente? No podía creerlo... simplemente no podía ser verdad. Dejó escapar un suspiro, y observó el acolchado techo. ¿Qué otras cosas serían distintas en ese lugar? Había aerobuses, para empezar. Es más, ¿Cómo sería ella misma?
Se levantó. Ahora entendía por qué se sentía siempre tan débil allí. No era nada extraño, después de todo llevaba diez años sin moverse, su cuerpo ya no tenía la misma fuerza ni la movilidad de antes. Y no solo se sentía débil, sino también grande, pesada y torpe. Buscó con la mirada un espejo en la pieza, o algo donde pudiera ver su reflejo. No había nada. No le quedó más alternativa que usar sus manos para descubrir su cuerpo, y su mirada. Empezó por su pelo. Lo descubrió corto, llegándole hasta el cuello. El pelo largo y rubio que siempre había poseído en el otro mundo era lo que más le gustaba de su aspecto físico, ¿Lo había perdido en ese mundo por completo? Acercó un mechón de pelo hacia sus ojos, y con horror notó que era negro. Luego palpó su figura. Era más ancha que antes, más rellena, pero no pudo distinguir mucho más. Realmente necesitaba un espejo. A continuación se fijó en su ropa. Llevaba un vestidito blanco sin mangas que le llegaba hasta las rodillas.
De súbito una horrible idea asaltó su mente. Durante todo ese tiempo en el que había estado en coma, habían tenido que bañarla, alimentarla, vestirla... su cuerpo había sido examinado minuciosamente. Se sintió muy incómoda y avergonzada. Todos conocían su cuerpo… menos ella. "Necesito un espejo ahora" Pensó. Se levantó con cuidado. Sus pies nuevamente tenían problemas para resistir su peso. Se acercó a la puerta, y cuando estaba a punto de abrirla ésta se abrió sola. Por ella apareció la silueta masculina y tenebrosa del hombre que siempre veía, el hombre que le había clavado la inyección que tanto dolor le había causado. Antonia mantuvo un momento su mirada fija en los verdes ojos de aquel hombre, antes de lanzar un chillido agudo que debió haber sido escuchado por todo el hospital. Él la miró sorprendido, y se alejó unos pasos. Antonia dejó de chillar, y a su vez retrocedió. Escuchó el ruido de unos pasos que provenían del pasillo, y pudo visualizar al momento a Rebeca, jadeando.
- ¿Qué pasa Gladys? – preguntó, mientras intentaba recuperar el aire y la miraba preocupada.
- ¡¡Este es el hombre que siempre me ataca!! – respondió Antonia asustada. Rebeca miró al hombre y sonriendo se acercó a Antonia.
- Gladys, tranquila... Él es el Doctor Clark, ¿Te acuerdas que te hable de él? Es tu doctor, ha estado atendiéndote desde el accidente. Es gracias a él que estas en este momento junto a mí.
El doctor se acercó a Antonia lentamente, sonriéndole con timidez.
- Soy el Doctor Clark Ramírez, un placer verte finalmente de pie. Sé que no quedé muy bien en los momentos en que nos vimos antes, y lamento haberte asustado, pero todo lo que hice era para intentar mantenerte consciente.
Antonia, menos temerosa ahora, le dio la mano al Doctor Clark, y lo miró con más detenimiento. Era un hombre de edad madura y delgado, de piel pálida seguramente a causa de las largas horas trabajando en el hospital. Tenía el pelo castaño muy corto, y unas ligeras ojeras bajo sus ojos verdes. Su nariz era ganchuda y sus labios gruesos. Vestía un traje blanco de cuerpo entero, que poseía unos bordes dorados en los brazos y las piernas. Supuso que eso sería un distintivo, para hacer notar que era un doctor importante.
- Bueno Gladys, ¿Hay algo que necesites? - le preguntó con amabilidad Clark.
- Pues, me gustaría un espejo para verme... ¿Y podría llamarme Antonia?
- Claro, como quieras. - dijo el doctor sonriendo. - Si esperas aquí pediré que te traigan un espejo. No salgas de tu pieza aun, más adelante iniciaremos los tratamientos musculares...
- ¿Eso quiere decir que aun no podremos salir del hospital? - le interrumpió Rebeca, deprimida.
- Lo siento Rebeca, pero Gladys... Quiero decir Antonia - se corrigió sonriéndole a Antonia. - Aun no esta en condiciones de salir, luego de diez años sin moverse necesitará algunos tratamientos, o el cambio podría resultarle muy pesado.
- Pero ya le has hecho varios tratamientos.
- Sí, pero si quieres que todo esté bien, necesitará algunos más.
- Entiendo. - contestó Rebeca desanimada.
- Pero no te preocupes, en unos días podrán volver a casa. - agregó el doctor sonriendo, mientras salía de la pieza. - Me retiro, pero pediré tu espejo Antonia.
Hubo un momento de silencio luego de que saliera Clark, mientras Rebeca miraba con detenimiento a su hija. Antonia intentó ignorarla y siguió mirando hacia la puerta, hasta que empezó a sentirse incómoda.
- ¿Podrías dejarme sola de nuevo? Me gustaría seguir pensando. - le dijo fastidiada.
- Claro, si eso deseas... llámame si necesitas algo, de todas formas volveré en unos electrones con tu comida.

Rebeca salió de la pieza, dejando a Antonia con la duda de por qué había usado la palabra "electrón" en aquel momento. Pero ese pensamiento no le duró por mucho tiempo. Se sentía agotada luego de recibir tanta información y de sentir tantas emociones, por lo que se acomodó sobre la cama. Sentada y en silencio esperó la llegada de la enfermera, quien no tardó en entrar. Una joven de unos veinticinco años abrió la puerta. Llevaba el mismo traje de cuerpo entero del doctor, solo que era de color celeste. Traía un pesado espejo de cuerpo entero en sus brazos.
- Aquí tienes tu espejo, ¿Dónde lo dejo? - preguntó.
- Donde quiera.
La enfermera dejó el espejo apoyado contra la pared y luego salió cerrando la puerta. Antonia se acercó al espejo con los ojos cerrados, y solo los abrió - aunque con cierto temor - cuando estuvo frente a él.
Lo que vio reflejado la dejó petrificada. En el espejo se veía a una niña baja de piel tan blanca que se lucía verdosa, logrando un aspecto enfermizo. Su cuerpo, antes curvilíneo, ahora daba la impresión de ser un barril, ya que no tenía muy desarrolladas las formaciones femeninas, y en esos años de vida en sueños había ganado muchos kilos extras. Con amargura pensó que estos eran los culpables de que le pesaba tanto su cuerpo al levantarse. Dirigió la mirada hacia su rostro, temiendo lo que iba a reflejar el espejo. Unos ojos negros y vacíos, como los de quien lleva una larga y sufrida estadía en el hospital, le devolvieron la mirada. La nariz, grande y chata, destacaba en la mitad de su rostro, y unos labios descoloridos y demasiado delgados apenas podían ser distinguidos. Sus cachetes estaban demasiado inflados, dándole mayor impresión de gordura. Para terminar, su pelo corto que le llegaba hasta el cuello, negro y grasoso, lograba hacer que se viera – si es que esto era posible – más pálida aún.
Antonia siguió mirándose petrificada, comparando su hermoso cuerpo de antes con el que ahora veía. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y empezó a llorar sin poder parar. ¿Cómo podía haberse convertido en esa chica tan horrible? ¿Cómo podía haber cambiado tanto? Lloró sobre su cama desconsolada, dejando escapar toda su frustración. Solo se detuvo cuando sintió que ya no le quedaban lágrimas que derramar. "Ánimo, llorar no va a solucionar nada." Se dijo. Limpió su rostro con la sábana. Solo allí se percató del hambre y el cansancio que sentía. Como si aquel pensamiento fuera mágico, justo en ese momento entró Rebeca, llevando consigo una bandeja.
- Que bueno, tenía hambre. - dijo Antonia, fingiendo alegría.
Rebeca le sonrió y dejó la bandeja sobre el velador. Antonia se abalanzó sobre la comida, pero se detuvo al notar con cierto asco lo que contenía la bandeja; un vaso transparente con un líquido de color negro que parecía petróleo, junto a dos platos, los cuales sostenían una papilla color café (que ella asoció con el estiércol) y algo que parecía jalea de frutilla.
- ¿Qué es esto? – preguntó con una notoria nota de repulsión en su voz.
- Es comida, comida altamente concentrada y llena de los nutrientes que tu cuerpo necesita. - dijo Rebeca, extrañada por su reacción.
- No pienso comerme esto – exclamó Antonia con indignación.
- Pero Gladys, tienes que comer para tener energías. Además, este es un almuerzo muy común en nuestro mundo, lo tendrás que comer en muchos lugares.
- ¡No quiero comer eso!
- Como quieras. - dijo Rebeca soltando un suspiro. - Pero es lo único que puedes comer, y sin esto no podrás recuperarte y salir del hospital pronto.

Rebeca se marchó de la pieza, dejando a Antonia sola nuevamente. Ella volvió a fijarse en la comida que le habían entregado. Estaba determinada a no comerla, resistiría el hambre que sentía si era necesario. Lo único que encontró comestible fue la jalea. Con cuidado empezó a comerla. Tenía un sabor mucho más fuerte que el de la jalea que estaba acostumbrada a comer, pero no le pareció que tuviera nada extraño. "¿Será por que es la primera jalea REAL que como luego de tanto tiempo?" Si lo que pensaba era correcto, todo se sentiría con más fuerza en aquel mundo, tal como había comprobado que ocurría con el dolor.
Se terminó la jalea. Dejó el plato en la bandeja y se recostó sobre la cama. Estaba muy cansada, lo mejor era dormir... después investigaría más sobre ese mundo en el que ahora estaba obligada a vivir.



Capítulo 7

Cuando Antonia despertó, se topó con los verdes ojos del doctor Clark. Él se encontraba sentado en una silla contigua a la cama. Antonia se sentó en ella con agilidad. No le gustaba que la observaran mientras dormía. Pero lamentó enormemente aquel fuerte movimiento: al hacerlo, un fuerte mareo la invadió, haciendo que sintiera que en cualquier momento podría caer desmayada. Afortunadamente, aquella sensación solo duró unos segundos.
- Debiste haber comido, necesitas recuperar energías. Si no comes, ¿Cómo esperas poder salir del hospital? – dijo el doctor. Sin esperar su respuesta continuó. - Ahora hay que hacerte unas pruebas así que no podrás comer, pero al volver espero que termines tu comida. ¿Cómo te sientes?
- Muy bien. - mintió Antonia, ya que no deseaba tener que comer aquella asquerosa comida.
- Entonces vamos. - dijo el doctor dirigiéndose a la puerta.
Antonia se levantó y empezó a seguirlo. De nuevo se sintió mareada, pero prefirió callar. Salieron de la pieza y llegaron al pasillo blanco, el mismo que Antonia había visto cuando había sido enviada al mundo real en medio del concurso de talentos, aquella vez que había sentido que su vida llegaba a su fin… sin sospechar que realmente estaba a punto de empezar.
El pasillo estaba lleno de doctores y enfermeras, que miraban a Antonia con cierto interés. Antonia los miraba aterrorizada; no podía sacarse de la mente la impresión de que en cualquier momento se tirarían sobre ella para atraparla e inyectarla. Pero nada ocurrió, y siguieron andando por los mismos blancos y uniformes pasillos hasta llegar frente a una puerta negra. Pasaron por ella y llegaron a una sala metálica llena de extrañas máquinas puestas alrededor de una sala cilíndrica hecha de un extraño metal negro. Junto a las máquinas había algunas sillas y en ellas se encontraban otros doctores, que observaban con interés las pantallas de las máquinas. También había un pequeño sitio cuadrado en la esquina, separado por murallas del resto de la sala.
- Vamos a hacerte algunos exámenes. Necesitamos que entres a la sala de pruebas. - dijo Clark señalando la sala cilíndrica. - pero no debes llevar ropa. Desvístete en esa sala. - apuntó la sala cuadrada.
- ¡Qué! - respondió Antonia indignada. - ¡No voy a entrar en esa sala desnuda!
- Gladys, somos doctores. – contestó Clark sonriendo. - Puedes envolverte en una toalla que se encuentra en el vestidor para transitar por la sala. Pero al momento de las pruebas, deberás quitártela.
Antonia bastante molesta entró a la sala cuadrada y se desvistió. Notó su cuerpo lleno de grasa por todos lados, y le volvieron las ganas de llorar. "Soy horrible." Pensaba con amargura. "Soy fea y gorda, pálida y baja." Respiró profundamente, logrando evitar que las lágrimas se escaparan de sus ojos, y enrollando la toalla entorno a su cuerpo salió a la sala.
- Muy bien, ahora entra a la sala de pruebas. Luego deberás entregarme la toalla. - dijo el doctor Clark.

Juntos fueron hacia la puerta y el doctor la abrió empujándola hacia el lado. Antonia entró y él cerró la puerta, dejando solo una pequeña rendija. Le pidió que por ella pasara la toalla. Muy indignada por los sistemas del hospital, Antonia se la entregó. Clark la recibió y le indicó que se pusiera en el centro de la sala mientras terminaba de cerrar la puerta. Ella se dio vuelta y observó mejor aquel lugar en el que ahora se encontraba. Era una habitación de paredes disparejas en las que resaltaban tubos y formaciones extrañas. Su color era un gris metálico, pero un extraño brillo verde parecía provenir de cada rincón de ella. En el centro de la pieza había una zona circular de un metro de diámetro, del que parecía salir con más fuerza aquella luz verde. Antonia se subió a él, y apenas lo hizo salieron unas manos robóticas de las paredes que la agarraron de sus brazos y piernas. Ella lanzó un grito de terror, e intentó liberarse, pero las manos la sujetaban con demasiada fuerza. Era imposible escapar. Antonia solo pudo observar cómo una nueva mano, portadora de una inyección, salía de la pared y se encargaba de clavársela. Dejó escapar un gemido de dolor, acompañado por una de las lágrimas que antes habían querido salir de sus ojos. Luego las manos la dejaron de nuevo en el círculo del suelo y volvieron a la pared. Antonia intentó moverse, escapar de aquella terrorífica sala… pero no podía. Al parecer, le habían inyectado un líquido paralizante. No podía hacer nada más que pestañear y respirar.
El círculo en el que se encontraba se elevó, y salieron muchas máquinas extrañas que empezaron a hacerle distintas pruebas. Primero dos tubos metálicos dejaron ver entre ellos un sensor azul que pasaron entorno a su cuerpo. Luego salieron más tubos metálicos, que entre sí dejaron ver sensores de color verde, rojo y amarillo, que hicieron lo mismo que el azul. Al terminar salieron muchas otras máquinas de aspecto escalofriante, que se fueron acercando a Antonia. Ella cerró los ojos para evitar ver lo que ocurría. Estaba muy asustada y solo quería salir de esa pieza.
Cuando sentía que ya no podría soportar nada más, dejó de escuchar aquellos extraños sonidos. Abrió los ojos con cuidado, y vio cómo la zona circular en la que se encontraba empezaba a descender lentamente, hasta ubicarse a la altura del suelo. Mientras esto sucedía, Antonia iba sintiendo que la movilidad volvía lentamente a su cuerpo. Al pasar unos quince segundos ya podía moverse con normalidad. Caminó hacia la puerta de la pieza para escapar de aquel horrible lugar, pero luego de tanto tiempo sin comer y gracias a los sustos recientes no pudo resistir más… y cayó al suelo, perdiendo la consciencia en el camino.



Capítulo 8

Al despertar, Antonia se encontró por segunda vez con el rostro del Doctor Clark observándola. Se veía muy molesto y preocupado a la vez. Ella buscó con la mirada algo que la ayudara a descubrir el lugar en el que se encontraba, y se dio cuenta que nuevamente estaba recostada sobre su cama, en aquella pieza donde había descubierto que toda su vida era un engaño. Volvía a llevar el vestido blanco, y notó que en su brazo tenía clavada una aguja por la cual entraba un líquido extraño, que supuso sería suero.
- No puedes saltarte las comidas Gladys, estás muy débil aun. Ya viste lo que pasó a causa de eso: te desmayaste. Por suerte fue sólo eso, podría haber sido algo mucho peor. Pero no voy a permitir que algo así se repita. Si sigues rehusándote a comer, tendremos que mantenerte con el suero.
- No puedo comer esa comida, ¡Es asquerosa! – respondió Antonia enojada. - ¡Y ya te dije que me llames Antonia!
- ¿Siquiera has probado la comida?
- ee... no – admitió.
- Pues ahora tienes la oportunidad.
Clark levantó una bandeja igual a la que Antonia había recibido antes y la puso frente a ella.
- No me iré hasta que pruebes la comida, y si quieres quitarte el suero en un futuro cercano, tendrás que comer todos los días lo que te traigan las enfermeras.
Antonia lo miró desafiante. Luego de un momento estiró la mano y tomó lentamente una cuchara. Sacó un pequeño pedazo de la pasta café y se la metió en la boca con los ojos cerrados. Para su sorpresa, su sabor no era nada malo.
- ¿Y bien? ¿Qué te pareció?
- No está tan mal – admitió, - pero tampoco lo encuentro rico.
Aun si lo hubiese encontrado delicioso, no hubiera sido capaz de decírselo. Su orgullo se interponía.
- Pues entonces parece que sí puedes comértelo. Ahora yo debo irme, pero espero que te lo hayas comido todo cuando regrese.
El doctor salió de la sala, sin volver a mirarla. Antonia siguió mirando hacia la puerta desafiante, sintiendo la ira recorrer su cuerpo. Pero al cabo de unos minutos desistió, y dejó salir un suspiro de resignación. No podía hacer nada para evitarlo, así que siguió comiendo el contenido de la bandeja. Probó el jugo oscuro, que resultó tener un sabor que no le agradó. A pesar de todo se lo tomó; todo con tal de sacar el suero pronto. Justo cuando terminaba de comer entró una enfermera. Llevaba el mismo traje azul de la que había venido antes, pero ella tenía su pelo envuelto en un gorro del mismo color, ocultándolo completamente. Sus ojos azules miraron la bandeja que se encontraba sobre Antonia con aparente interés.
- Veo que te lo comiste todo, entonces puedo quitarte el suero. – dijo la enfermera sonriendo. – Pero la aguja se quedará allí hasta que salgas del hospital, pequeña.
- ¿Y por qué? – le dijo Antonia cruzando los brazos.
No le gustaba nada la idea de tener una aguja insertada en su brazo. - Es por si necesitamos inyectarte otra cosa, para no tener que clavártela de nuevo. Pásame tu brazo.
La enfermera tomó su brazo, pero Antonia no se enteró de lo que hizo. Prefirió desviar la mirada.
- Listo. – dijo la enfermera. – ahora toma estas pastillas. Órdenes del doctor. Antonia las tomó sin responder nada. Lo último que deseaba era que volvieran a conectarle aquel suero, así que estaba pronta a seguir cualquier instrucción del doctor. Bueno, casi cualquier instrucción del doctor. Todo con tal de salir pronto de aquel molesto hospital.
- Ahora debes venir conmigo. Conocerás a la señorita Geena. Es la encargada de rehabilitación muscular. Ha estudiado tu caso y recibió tus exámenes, sabrá qué necesitas hacer. Sígueme pequeña.
- Esta bien, pero llámeme Antonia.
La enfermera sonrió y llevó a Antonia de vuelta al pasillo. Siguieron por un largo camino hasta que se llegaron frente a una puerta verde. La mujer tocó la puerta y esperó hasta que una voz aguda le respondió con suavidad, dándole permiso de entrada. Ella abrió la puerta y guió a Antonia al interior de la sala.
Llegaron a una sala alfombrada de paredes color damasco. Unas masas de tela naranjo claro llamadas peras se encontraban esparcidas por la sala, junto con algunas máquinas desconocidas por Antonia, y colchones y almohadas. En una de las peras descansaba una chica que no aparentaba tener más de 30 años. Su largo pelo castaño le caía por la espalda. Sus ojos castaños, posados sobre Antonia, poseían una mirada suave, que le inspiró confianza. No era muy alta, pero sí delgada. Su rostro era suave y delicado, con una piel bastante bronceada comparada con la de las otras personas del hospital. Vestía unos pantalones elásticos azules y una cómoda polera café.
- Geena, ella es la hija de Rebeca Nocovich, Gladys Dellawer. Ya debes haber recibido sus exámenes.
- Así es. – dijo la joven, con el mismo tono de voz suave y femenino. - Entonces te la dejo. Adiós pequeña.
La enfermera salió de la pieza, dejando a las dos mujeres a solas. Ambas se miraron en silencio.
Antonia se sentía intimidada. Aquella era una joven preciosa, tal como a ella siempre le hubiera gustado ser al crecer. Si su pelo fuera rubio y sus ojos celestes, hubiera sido tal cual como ella siempre se había imaginado. Pero ya todo había cambiado. Ese sueño estaba ahora olvidado, un sueño que ya nunca podría llegar a cumplirse.
Luego de un minuto de silencio, Geena sonrió.
- Buenas tardes, Gladys. Me llamo Geena Lyecher, y soy la encargada de rehabilitación muscular. Tu cuerpo lleva mucho tiempo sin moverse, y si quieres poder correr y ejercitarte como una niña normal necesitas ir regulando tu cuerpo a través de distintos ejercicios ¿Te parece bien si comenzamos?
Antonia no podía quitar sus ojos del hermoso rostro de la doctora, y su suave, cariñosa y lenta forma de hablar la dejó como presa de un hechizo. Tardó unos segundos en reaccionar.
- Claro, empecemos. Pero por favor, llámame Antonia. – dijo con gentileza. No podía ser mala con aquella mujer que le recordaba tanto su feliz vida anterior.
- Antonia es un lindo nombre, ¿Pero a qué se debe ese cambio? – le preguntó la doctora tranquila, mientras se levantaba de la pera y se acercaba a ella.
- Estuve inconsciente muchos años, viviendo en un mundo que soñaba. Allí me llamaban Antonia y estoy acostumbrada a ese nombre, mientras que el nombre Gladys no me gusta. – respondió Antonia, hablando con una tranquilidad que a ella misma la sorprendió. ¿Con tanta normalidad contaba aquella terrible historia que tanto la atormentaba?
- Entiendo. Entonces Antonia, si te parece bien, iniciaremos los ejercicios.

Al acabar la sesión, Antonia se encontraba agotada. Jamás habría pensado que le costaría tanto hacer esos ejercicios que en su mundo realizaba diariamente. Tuvo que frenar varias veces a descansar. Por suerte Geena era paciente, y mientras esperaban a que se recuperaba le hablaba sobre el mundo en el que ahora se encontraba. Antonia entonces averiguó que los Electrones, los Protones y los Neutrones eran las unidades de medida de tiempo. Cien Electrones equivalían a un Neutrón, y Cien Neutrones equivalían a un Protón. Durante el día había diez Protones. Era un sistema similar al de los segundos, minutos y horas que Antonia había usado por esos diez años. Cuando se lo mencionó a Geena, ella dejó escapar su suave risa.
- Un sistema muy raro ese que me dices, sin contar que no tiene ningún sentido numérico. ¿60 minutos y 24 horas? Son demasiados números que recordar. Nosotros tenemos un sistema decimal sencillo.
Mientras más conversaban, Antonia iba sintiéndose cada vez más encariñada con esa amable joven, con aquella visión del que pudo haber sido su futuro. Geena parecía comprenderla, y no encontraba tonto nada de lo que le contaba o preguntaba. Verdaderamente la hacía sentirse muy a gusto. Por ello, cuando Geena le avisó que se les había acabado el tiempo, sintió que una oleada de tristeza la asaltaba.
- Nos veremos mañana a este mismo neutrón, para seguir ejercitándote. Lo has hecho muy bien. – la felicitó Geena con alegría. – Si sigues así, tal vez mañana sea tu último día en el centro.
- ¿Eso significa que ya no tendré que venir a verte? – preguntó Antonia, tratando de ocultar su tristeza y de parecer indiferente.
Geena sonrió, entendiendo lo que había tras su indiferencia.
- No. Sólo te irás a tu casa, pero seguirás viniendo cada cierto tiempo. Ahora ven, te llevaré donde el profesor Artal.

Antonia siguió a Geena de vuelta a los pasillos. Luego de dar algunas vueltas, se ubicaron frente a una puerta blanca, que Geena abrió sin dudar.
- ¿Profesor Artal? Traje a Antonia Dellawer. – dijo desde el umbral de la puerta.
Antonia se sintió sorprendida y agradecida a la vez de que usara el nombre que le gustaba para presentarla, el nombre que había sido suyo por diez años y que ahora cruelmente intentaban arrebatárselo.
- Que pase, yo estoy listo. – dijo una voz desde la sala. Era una voz masculina y envejecida por los años.
- Aquí te dejo Antonia, ya nos veremos mañana. – dijo Geena sonriéndole, y se alejó por el pasillo.
- Adiós. – respondió en voz baja.
Con nerviosismo entró a la sala. Era una pieza blanca muy pequeña. No tenía muchos muebles, sólo una mesa y dos sillas. Sobre la mesa se encontraban dos lápices, y un montón del papel más blanco que Antonia había visto en su vida.
- Bienvenida jovencita, soy el profesor Artal, y me encargaré de enseñarle sobre los avances del mundo. – dijo la misma voz de antes.
Antonia entonces se percató de la presencia de un hombre bajo y entrado en años que se encontraba junto a la puerta. Tenía el pelo blanco y un rostro arrugado y cansado. Sus ojos eran negros. Antonia pensó que ese hombre no debía ser alguien con mucha paciencia. Y no se equivocó.
- Siéntate Gladys. – Ordenó.
- Le ruego que me llame Antonia. – dijo tímidamente.
- Tu madre te puso Gladys, por ese nombre te llamaré. – dijo con seriedad. Y con fastidio agregó: - Los jóvenes de hoy en día no saben apreciar a sus padres.
Antonia quiso replicar algo, pero Artal la miró con dureza, y las palabras se negaron a salir. Caminó en silencio hasta la silla más cercana y se ubicó en ella.
- Ahora empecemos. Agarra un lápiz y un papel. – ordenó Artal.

El profesor resultó ser muy estricto, tal vez el profesor más exigente que hubiera tenido, aunque la hizo recordar al profesor Luis. Las horas pasaban lentamente mientras él relataba distintas cosas sobre la historia, y Antonia tomaba rápidos apuntes. Cuando finalmente pudo salir, sentía la mano acalambrada e hinchada.
- Ya te he enseñado lo básico. Revisa tus notas para recordar lo que has aprendido este día. Si memorizas todo, estarás lista para entrar al colegio cuando salgas del hospital. Adiós.
Claro, como no tengo nada mejor que hacer que pensar en la estúpida historia de este mundo." Pensó Antonia con desagrado, pero no dijo nada. De todas formas, no hubiera alcanzado; el señor Artal le cerró la puerta en la cara. Quedó sola en el silencioso pasillo. Era tarde, por lo que éste se encontraba completamente vacío. "¿Y a dónde me voy ahora?" Aquellos confusos pasillos le desagradaban enormemente, prefería estar en su cómoda habitación a rondar sin rumbo alguno por ellos. Además, se sentía muy cansada. Esperó unos minutos a que alguien pasara, pero al no hacerlo nadie, decidió probar si lograba encontrar el camino por sí sola. Atravesó los sombríos pasillos tratando de recordar el recorrido, pero le fue imposible; el hospital era verdaderamente un laberinto. "Debo encontrar a alguien." Pensó Antonia. En busca de algún ser vivo, abrió una puerta blanca que se encontraba junto a ella.
Llegó a una sala oscura. Tanteó con su mano en busca de algún interruptor junto a la puerta. No había nada. A pesar de todo, decidió seguir buscando en aquella habitación. Sentía una creciente curiosidad por descubrir lo que allí se guardaría. Siguió tanteando la pared en busca de un interruptor, hasta que finalmente su mano sintió algo. Pero aquel no era el interruptor. Bajo su palma se sentía húmedo y pegajoso. Rápidamente retiró su mano, asqueada.
- ¡¡Gladys!!
Antonia giró sobresaltada hacia la puerta. Reconoció la figura de Rebeca. - ¿Qué haces aquí? Luces encendidas. – Al decir la última oración, las luces se encendieron.
Una escena repugnante apareció frente a los sorprendidos ojos de Antonia. Partes humanas flotaban en frascos por toda la sala. Vio corazones, brazos, hígados, intestinos y hasta un rostro que parecía dormido. Con miedo se volteó y observó lo que antes había tocado, y se encontró con un cerebro apoyado sobre una mesa. Pegó un chillido mientras se alejaba. Sentía que sus ojos se salían de sus órbitas mientras volvía a observar aquel repugnante almacén anatómico. Todo empezó a girar frente a sus ojos, cada vez más rápido… hasta terminar en una negrura total.



Capítulo 9

- Hija, ¿Te encuentras bien? – dijo una voz que parecía provenir desde muy lejos.
Antonia abrió los ojos. Se encontraba de nuevo en su pieza, y Rebeca estaba sentada junto a ella. Se veía muy preocupada.
- ¡Me alegra ver que estás despierta, me tenías muy asustada! ¿Qué hacías tú sola en esa sala?
- Yo... quería ir a mi pieza, pero no encontraba el camino y entré buscando a alguien y... ¿qué era ese lugar?
- El almacén de órganos. Los tenemos guardados en caso que alguien llegara a necesitarlos.
- ¡Es horrible! Y yo... ¡Toqué un cerebro! – exclamó alterada.
- Tranquila hija, tranquila... limpié tus manos. Ahora descansa, y anímate: conseguí que hoy mismo salgas del hospital ¿No es grandioso? Tendrás una última sesión con Geena, y tendrán que inyectarte algunas cosas… y luego nos marcharemos. – Rebeca sonrió, pero al notar que Antonia seguía pálida, preocupada agregó: ¿Cómo te sientes?
- Mejor... creo que puedo ir ahora mismo con Geena.
- Me alegra escuchar eso. Pero primero debo inyectarte… yo también soy enfermera, así que puedo hacerlo yo misma. Pásame tu brazo.
Antonia estiró su brazo con cierta molestia, aquel que tenía la aguja. Rebeca le conectó un pequeño tubo lleno con unos líquidos azules y verdes, y apretó un botón. El líquido empezó a entras a su cuerpo, con cierto dolor.
- Tranquila, ya casi acaba… listo.
Ella desconectó el tubo, y luego le sacó la aguja de la piel. Para terminar, colocó un parche sobre la herida.
- Ahora hemos terminado. Ven, te llevaré donde Geena.
Rebeca ayudó a Antonia a levantarse. Ella no se sentía tan bien realmente, pero prefería ver a Geena que a Rebeca. Así que pronto estuvieron frente a la puerta verde, escuchando como la suave voz de Geena les permitía la pasada.
- Aquí te dejo hija, iré a buscarte ropa para tu salida del hospital. Nos vemos. – dijo Rebeca abrazándola.
Antonia no respondió al abrazo, pero tampoco se alejó.
- Adiós. – le dijo.
Rebeca se alejó por el pasillo, y Antonia entró a la sala.
- Buenos días Antonia. – La saludó Geena.
Se encontraba sentada sobre una pera y sostenía un pequeño cuaderno en sus manos.
- Buenos días Geena.
Se sentó sobre otra de las peras, a la espera de que Geena estuviera lista para iniciar los ejercicios.
- Escuché que tuviste un desafortunado incidente ayer. – comentó Geena, dejando escapar una sonrisa divertida.
- No es algo de lo que me agrade hablar. –contestó Antonia molesta.
- Entonces no hablemos de eso y continuemos.
Ese día hicieron muchos ejercicios que Antonia no conocía. Geena la hizo esforzarse mucho, y para cuando terminaron Antonia estaba toda transpirada.
- Recuerda practicar tus ejercicios cada día, y todo estará bien. No me gusta la idea de dejarte ir tan pronto, pero si Rebeca insiste… - Geena dejó escapar un suspiro. Luego, volvió a sonreír y cambiando de tema agregó: Ven, creo que necesitas un baño.
- Supongo que no me caería mal. – contestó Antonia sonriendo.
Geena la llevó de vuelta al pasillo, y pronto llegaron frente a una puerta con un cartel que decía: "Baño para los pacientes".
- Ven, supongo que no sabrás como funciona. – dijo Geena.
- ¿Pero y con qué me vestiré después?
- Tu madre ya te dejó todo aquí.
Tal como había dicho, encontraron dentro una tenida completa y una toalla. Antonia quedó sorprendida por que Geena supiera eso. ¿En qué momento Rebeca se lo había dicho?
- El sistema para bañarse es bastante simple, te paras sobre este círculo – dijo Geena señalando un círculo rojo – y dando un salto dices la temperatura que deseas. 21°c es una buena temperatura.
- Ok. – dijo Antonia.
- Yo te estaré esperando afuera. – dijo Geena sonriendo.

Sin decir nada más salió del baño, dejando a Antonia sola. Ella observó la sala con más detenimiento. Era una sala pequeña hecha de algún material blanco. Tenía varios cubículos, los cuales poseían un círculo rojo y un escusado cada uno. Sin esperar más tomó su ropa, y entró a uno de ellos. Se desvistió, y tras dejar su ropa a un lado se colocó sobre uno de los círculos. Un escalofrío la recorrió al recordar la última vez que había entrado a uno de ellos, en aquel cilindro negro donde había quedado paralizada… rogó por que nada por el estilo volviera a ocurrir, mientras saltaba con suavidad y decía "21." Un cilindro de vidrio salió del techo, encerrando el espacio que se hallaba sobre el círculo, con Antonia dentro. Apenas tocó el suelo, del techo empezó a caer agua. Una mascarilla cubrió su rostro para otorgarle aire. El espacio se llenó rápidamente de agua color púrpura. Antonia observaba temerosa lo que ocurría, sin atreverse a moverse. El agua se mantuvo en la sala unos segundos, antes de desaparecer a través de un orificio del suelo a gran velocidad. Cuando se fue toda el agua el cilindro volvió a llenarse, pero esta vez con agua normal. El agua también desapareció por el orificio al pasar unos segundos. Al momento, el cilindro y la mascarilla volvieron a guardarse en el techo. Antonia salió de la zona circular y solo luego de envolverse en la toalla pudo exclamar finalmente: -¿¡qué diablos fue eso!?
Decidió preguntarle a Geena más sobre ese proceso de limpieza, pero para ello necesitaba vestirse. Tomó la ropa que Rebeca le había seleccionado, encontrándose con unos pantalones cafés y una polera celeste manga corta, que pronto se encontraron alrededor de su cuerpo. Ya vestida, salió del baño.
- Había agua púrpura. – dijo, tratando de esconder su sorpresa.
- Es agua limpiadora. Limpia tu pelo y tu cuerpo. Creo que se me olvidó decírtelo. – dijo Geena, con una sonrisa misteriosa.
Antonia le devolvió la mirada enfadada. ¿Cómo podía olvidarse de decirle algo tan importante? Pero no pudo decir nada, ya que en ese momento apareció Rebeca.
- Hola Gladys, cariño, me alegra que ya estés lista. He terminado con todos los trámites, así que podemos irnos a la casa ahora mismo. Adiós Geena.
- Adiós Antonia, nos veremos pronto. Adiós Rebeca. – dijo Geena sonriendo.

Antonia se despidió, y luego Geena desapareció por el pasillo mientras Rebeca guiaba a Antonia por el lado contrario. Luego de muchas vueltas llegaron a una especie de transparente ascensor cilíndrico. Entraron en él y Rebeca dijo con una voz clara y potente:
- Exteriores.
El ascensor reaccionó ante su voz y empezó a subir a gran velocidad. Llegaron a otra sala de color blanco, en la que se encontraban muchas personas acomodadas en sillones repartidos por toda la sala. Tras un mesón una señorita atendía a la gente. Al ver pasar a Rebeca la saludó, y ella respondió el saludo sin detenerse. Cruzaron por la sala, pasando junto a los juguetes que los niños habían arrojado mientras jugaban. "Que desorden". Pensó Antonia con repulsión mientras pisaba con fuerza un juguete inflable que tuvo el desatino de cruzarse en su camino. El juguete se desinfló mientras el niño que lo había lanzado se acercaba a él. Miró a Antonia con tristeza mientras sus pequeños ojos se llenaban de lágrimas. Ella no le prestó atención y siguió caminando tras Rebeca.
Llegaron junto a una puerta de metal que se abrió al aproximarse ellas, y mientras la cruzaban escucharon el llanto del pequeño que finalmente había brotado de sus inocentes labios.
- Hija, bienvenida al mundo exterior. – dijo Rebeca al cruzar la puerta. Acostumbrada a la oscuridad de la sala, la luz encegueció a Antonia. Tardó unos minutos en acostumbrarse a la luz, pero cuando lo hizo una extraña escena apareció frente a sus ojos. Se encontraban al nivel del suelo, pero el hospital era la única construcción que se encontraba a la vista. Un terral despoblado se abría frente a sus ojos, un sitio lleno de inmundicia y suciedad en el que era imposible vislumbrar lo que había a poca distancia, ya que el contaminado aire impedía la visión del medio ambiente. Por lo que pudo ver, no quedaba nada con vida en aquel espeluznante mundo. Pero si levantaba la mirada, veía en el cielo enormes construcciones que se mantenían en el aire gracias a varios postes ubicados en sitios estratégicos. Miles de enormes edificios blancos, unidos por puentes de suelo corredizo. Frente a ellas había uno de ellos.
- Así es el mundo ahora. Vivimos lejos de la contaminación, en los lugares elevados. Ven, por aquí llegaremos a nuestra casa. – dijo Rebeca.

Subieron al puente, que las llevó lentamente hacia arriba. Pronto llegaron a la primera construcción, pero no se detuvieron allí. Siguieron pasando por distintos puentes que los llevaban cada vez más arriba, y luego hacia abajo nuevamente. Era una ciudad muy extraña, más extraña de lo que Antonia se hubiera atrevido a imaginar. Recordaba que en su ciudad las tiendas mostraban sus objetos tratando de llamar la atención de los transeúntes, mientras que aquí muy pocas tenían vitrinas, y las que los tenían se veían apagadas y vacías. Pero en esas pocas tiendas, Antonia veía extraños objetos que ella desconocía. Le hubiera encantado quedarse a echar una mirada, pero Rebeca las pasaba de largo caminando con rapidez, y no le quedaba otra opción que seguirla. También pudo notar que los ciudadanos eran igual de extraños que la ciudad. Parecía que la gente no tenía tiempo para nada, pues todos caminaban a excesiva velocidad, ignorando cualquier cosa que se cruzara en su camino.
Finalmente llegaron a un edificio blanco de unos diez pisos. Entraron en él y se subieron a otro ascensor transparente.
- Piso tres. - dijo Rebeca, y el ascensor empezó a ascender sin emitir sonido alguno.
Llegaron a una pequeña sala con algunas puertas. Rebeca fue directamente a una que poseía el número "302."
- Ábrete puerta principal. – dijo nuevamente con voz clara y potente. La puerta se abrió inmediatamente.
- La puerta es automática, solo se abre al escuchar mi voz. Claro que la programaré para que también obedezca la tuya. – agregó con cariño antes de invitarla a pasar.

Llegaron a una sala de estar pequeña. Antonia pronto notó que su madre real era más pobre que su madre imaginaria. Para empezar, la sala no tenía muchos muebles. Sólo dos pequeños sillones azules decoraban la blanca sala, junto a una mesa de madera. Dos puertas, una en cada costado de la sala, llevaban al resto de la casa.
- Por aquí está la cocina hija. – dijo Rebeca apuntando hacia la puerta de la izquierda. – Y por la otra puerta encontrarás las piezas.
Antonia entró por la puerta derecha sin pensarlo dos veces. Llegó a un pasillo completamente blanco, que cerca del final se abría hacia otra sala. "En este mundo realmente les gusta el color blanco." Pensó Antonia. algunas puertas puestas en desorden eran lo único que quedaba a la vista, aparte de esa otra sala. Abrió la primera puerta que encontró y llegó a un baño. Cerró la puerta y abrió la siguiente, esta vez a su izquierda. Llegó a una pieza oscura llena de imágenes de gente que ella desconocía, los primeros cuadros que divisaba en el hogar. Una cama pequeña tapada con un cubrecama blanco descansaba junto a la muralla. Había otros muebles en los que Antonia no se fijó. Toda su atención se encontraba puesta en las fotos, mientras deseaba que esa no fuera su pieza. Cerró la puerta y siguió caminando. La sala sin puerta apareció frente a su vista, ahora completamente. Sus paredes eran color verde claro y tenía un sillón verde en el centro, mirando hacia algo que parecía un televisor. También había una mesa grande rodeada con sillas y unos muebles con algunos objetos a los que no les prestó atención. También notó lo que parecía ser un computador sobre un pequeño escritorio de madera, justo frente a la entrada. Salió de la sala y se topó con la última puerta, al final del pasillo. Con lentitud la abrió. Llegó a una pieza de color celeste; otro dormitorio. Contra la pared izquierda se encontraba una cama con un cubrecama calipso. Algunos muebles de madera de arce se ubicaban contra la pared, llenos de libros y juguetes de niños. En la esquina una mesa de trabajo sostenía una lámpara, que iluminaba hacia una pila de cuadernos y útiles escolares. Sobre la silla ubicada junto a ella se veía una mochila.
Con alegría notó que esa pieza era del mismo color que la que había tenido en su mundo de sueños.
- ¿Está todo bien? – preguntó Rebeca, quien había aparecido tras ella. – El celeste siempre fue tu color favorito, y decidí pintarla de ese color para cuando volvieras a la normalidad.
- Está bien, pero quítale esos juguetes infantiles, ya no soy una niña. – dijo Antonia, incapaz de ocultar la repulsión que sentía al hablar.
- Eran tus juguetes de pequeña, nunca pude deshacerme de ellos. – dijo Rebeca, ignorando el tono de voz grosero con el que había hablado. – Hay un closet junto a la puerta, escondido en la pared. Tiene algo de ropa que te compré. Para abrirlo di "ábrete armario" y para cerrarlo "ciérrate armario." Con las luces es lo mismo, solo debes decir "Luces prendidas" y "luces apagadas." También como puedes ver compré tus útiles escolares, para que puedas ir al colegio cuanto antes. Pronto todo volverá a la normalidad querida Gladys, como si nunca nada hubiera pasado. – añadió con ternura.
Rebeca se acercó dispuesta a abrazarla, pero Antonia se alejó.
- No me llames Gladys, ya te dije que me digas Antonia. Y por favor, nada de abrazos.
- Como quieras... – dijo Rebeca notablemente deprimida, y dándose vuelta salió de la pieza. Con seriedad añadió: - Mañana irás al colegio. Vendré a despertarte. El doctor Clark dijo que es posible que tengas algunos problemas para adaptarte de nuevo a la vida, y que el colegio te haría bien. Creo que mientras antes entres mejor. – tras aquellas palabras cerró la puerta, con más fuerza de la necesaria.
A Antonia no le preocupó mucho la reacción de Rebeca, lo que más le preocupaba eran sus últimas palabras. "No puede ser, no puedo ir mañana al colegio." Pensó con horror. ¿Cómo iba a ir al colegio con esa nueva apariencia? ¡Y no tenía qué ponerse!
- Ábrete armario.- ordenó.
El closet se abrió dejando ver cajones llenos de ropa y un espejo de cuerpo entero. Antonia volvió a revisar su figura en el espejo. Su nueva imagen le devolvió la mirada. Comparó su reflejo con el que antes poseía, y no pudo evitar que unas lágrimas escaparan de sus ojos. "Pero no puedo hacer nada para evitarlo, tengo que habituarme a esta nueva vida y a este cuerpo nuevo." Pensó con tristeza y determinación. Lo primero que necesitaba era revisar la ropa. Un buen atuendo es capaz de ocultar mucho.
Antonia sacó todo lo que había en el closet, pero no logró encontrar nada que considerara bonito o moderno. Sólo había poleras manga larga o manga corta de un solo color, ni siquiera una simple polera de tiritas. Había polerones y chalecos de un mismo color también, faldas largas, shorts y pantalones. No había nada decente para llevar al colegio.
- ¡¡Rebeca!! - gritó saliendo de la pieza.
Encontró a Rebeca en la salita, trabajando en el computador.
- ¿Qué pasa hija? - dijo Rebeca, dejando lo que hacía y dándose vuelta para poder mirarla.
- No puedo ir mañana al colegio, no tengo ropa que ponerme. Tenemos que ir a comprar algo. - dijo Antonia en un tono autoritario.
- Pero Antonia, claro que tienes ropa. – dijo Rebeca. Llamarla por el nombre de Antonia pareció lastimarla. - Te aseguro que todas las jóvenes ocupan esa ropa.
- Pero no puedo ir así al colegio, debemos comprar algo. - volvió a decir Antonia con el mismo tono autoritario.
- Hija, gasté todo mi sueldo en pagar tu colegio y organizar tu pieza. Tendrás que ir con esa ropa quieras o no.
- Prefiero no ir al colegio. - dijo Antonia cruzándose de brazos.

Ese comentario acabó con la paciencia de Rebeca, que se levantó echando fuego por los ojos.
- ¡Iras al colegio quieras o no! ¿Crees que es gratis? ¡Vas a ir o estarás en problemas! Lo quieras o no soy tu madre, y deberás obedecerme mientras vivas bajo este mismo techo.

Antonia le lanzó una mirada cargada de odio, pero no respondió nada. Se dio la vuelta y regresó a su pieza, donde toda la rabia desapareció reemplazada por una ola de tristeza. "¿Y qué voy a hacer ahora?" Pensó. Entonces se le ocurrió una idea. Jamás iría por primera vez a una escuela mal vestida, y haría cualquier cosa por evitarlo. Encontró junto a su mochila un estuche, y de él sacó unas tijeras. Obtuvo del closet una polera rosada, y alzando la mano con precaución empezó a cortar.



Capítulo 10

A la mañana siguiente despertó al sentirse remecida por alguien. Abrió los ojos con cansancio y encontró a Rebeca sentada en su cama intentando despertarla.
- Despierta querida, es hora de ir al colegio. - le dijo con ternura.
- Esta bien, ya voy. - respondió Antonia con pereza.
Rebeca salió de la pieza. Antonia se levantó y buscó la ropa que había elegido el día anterior y se la puso.
- Closet, ábrete. - ordenó.
El espejo quedó a la vista, y Antonia revisó su reflejo. Llevaba una falda negra que antes era larga, y que ahora le llegaba hasta sobre las rodillas. La polera de manga corta que había cortado el día anterior ahora se veía deforme y descosida, pero lucía como una polera amarrada al cuello. "No se nota tanto que las corté" pensó dándose ánimos. De todas formas se veía bastante bien, mejor de lo que se hubiera visto si hubiera ido con la ropa tal como estaba antes.
Tomó una peineta y empezó a pasársela por el pelo. Se hizo una cola simple, y volvió a examinar su reflejo. Había tratado de verse más a la moda sin dejar a la vista su horrible figura, pero no podía ocultarlo. Seguía viéndose gorda, pálida y baja, con la nariz enorme y los labios descoloridos. Si tan sólo tuviera un poco de maquillaje... pero Rebeca no usaba, así que no podría conseguir.
Salió de la pieza y atravesó el pasillo hacia la cocina. Un plato de una sustancia verde oscura la esperaba. Ya más acostumbrada a los extraños platos de ese mundo, comió rápidamente el contenido. Rebeca entró en la cocina al pasar unos minutos.
- Apúrate en comer o llegaremos tarde. - dijo.

Antonia terminó de comer y fue a lavarse los dientes. Su horrible reflejo le devolvió la mirada. "¿Qué dirán de mí en el colegio?" Pensó con tristeza. Pero ya no había nada que hacer, solo esperar el futuro con fe…
Fue hacia Rebeca y juntas iniciaron el camino hacia el colegio. Notó un par de veces la triste mirada de Rebeca clavada en la ropa que había arreglado, pero no hizo ningún comentario. Y ella tampoco, por lo que en silencio llegaron a una enorme construcción blanca a los pocos minutos. Muchos jóvenes iban hacia ella. Antonia se dio cuenta con pesar de que aquel era igual a su antiguo colegio; todos los hombres eran musculosos, y las mujeres delgadas y vestidas a la moda, o al menos los que parecían ser populares. Ellos estaban reunidos cerca de la puerta y conversaban animadamente. Con solo verlos Antonia se dio cuenta que sería difícil encajar con ellos.
- Ven, te llevaré donde el director. - dijo Rebeca tomándola de la mano.

Antonia se zafó de su mano y caminó alejada, como si no la conociera. A pesar de eso notó que la gente la miraba y susurraba a sus espaldas. Los ignoró y siguió caminando.
Entraron a un colegio de paredes blancas. ("¿nuevamente blanco?" Pensó Antonia sorprendida.) Los pasillos estaban rodeados de ventanas, por las que se filtraba la luz del sol. Casilleros negros se encontraban contra las paredes que no tenían ventanas, y unas pelotas azules transitaban por los pasillos volando por los aires.
- Esos son policías escolares, revisan que cumplas las reglas. - le susurró Rebeca. Un nuevo pensamiento atravesó su mento, y rápidamente preguntó: – ¿Revisaste las notas que hiciste junto al profesor Artal antes de venir?
- Sí, claro que sí. – mintió Antonia.
La verdad, se le había olvidado completamente revisarlas.

Siguieron caminando, y Antonia empezó a estudiar a los que pronto serían sus compañeros. Los alumnos vestían el mismo tipo de ropa que en su mundo, y actuaban, al parecer, de forma similar. Por ese lado no tendría problemas. Pasaron entremedio de los alumnos, y finalmente llegaron frente a una puerta café, en la que en letras doradas se podía leer la palabra "Director." Tocaron la puerta, y una voz grave les permitió la entrada. Llegaron a una sala verdaderamente atemorizante. Todo se veía exageradamente limpio y brillante. Carteles con diplomas y slogans como "Solo el que estudia sobrevive" estaban colgados tapando casi completamente las paredes. Lo que quedaba a la vista de ellas era color grisáceo, y se encontraba llena de archivadores. En el centro de la sala se veía un escritorio de madera, y junto a él se hallaba el director, un hombre de aspecto severo.
- Buenos días, usted debe ser la señora Nocovich. - dijo el director.
- Así es, y ella es mi hija Gladys Dellawer. - respondió Rebeca.
- Bueno Gladys, antes de entrar a este colegio debes entender que ponemos mucho énfasis en el cumplimiento de las reglas. No permitimos griteríos en los pasillos, ni carreras. Toda la basura va a los papeleros. A todos los profesores los tratamos de "usted", alzamos la mano antes de hablar en clases, cumplimos las tareas y anotamos todo. Si no las cumples, temo que nos veremos de nuevo, y aquella visita no será de tu agrado. - terminó con severidad.
- No se preocupe director, Gladys quiere tener una vida normal y cumplirá las reglas al pie de la letra. - aseguró Rebeca.
- Muy bien, en ese caso ya puede retirarse señora Nocovich. Yo me encargaré de su hija ahora.

Rebeca se marchó tras dirigirle una última mirada de ánimo. Antonia se quedó donde estaba en silencio, esperando a que el director la llevara hacia su nueva sala, cosa que hizo al momento. El director atravesó la sala, y abrió la puerta.
- Sígueme. - ordenó.

Caminaron por los blancos pasillos hasta que llegaron a una puerta de color negro. Sobre ella en plateado se encontraba el número de la sala, el 103.
- Entra. – ordenó nuevamente el director, mientras abría la puerta y la atravesaba.
El silencio se hizo en la sala, y todos los alumnos miraron hacia a la puerta asustados y curiosos a la vez. Parecían temerle al director.
- Buenos días niños. - dijo el director entrando a la sala seguido por Antonia, manteniendo su expresión seria.
- Buenos días director. - dijeron a coro los alumnos.
- Les presento a su nueva compañera, Gladys Dellawer. Gladys, esta será tu sala, la 103.
Tras decir esas palabras el director salió, y el ruido volvió a llenar el ambiente.
- Bienvenida al colegio Gladys. - dijo un profesor que estaba sentado junto a una mesa. - Mi nombre es Rick, y seré tu profesor de historia.

Rick era un hombre joven en años de aspecto cansado y alegre. Su tez era morena y su corto pelo oscuro.

- Toma asiento, hay un banco desocupado en el fondo. - agregó señalando el final de la sala.
Sin perder el tiempo, Antonia se marchó hacia su puesto. No quería seguir siendo el centro de atención